martes, 3 de noviembre de 2015

FRANCISCANOS SIEMPRE




FRANCISCO DE ASÍS, CONVERSO Y PENITENTE



A.- ITINERARIO DE CONVERSIÓN DE FRANCISCO

San Francisco comienza su testamento diciendo: “El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”.
Francisco, al final de sus días recuerda sólo lo esencial; los detalles se pierden en su memoria, no son importantes: lo esencial es lo que nos cuenta, el núcleo de su experiencia de conversión.
Nosotros podemos recurrir a sus biógrafos para recomponer los antecedentes. El encuentro con el leproso no lo realiza Francisco sin haber preparado antes su corazón. Recordemos en primer lugar cómo vivía y cómo era Francisco hasta el momento de su conversión. Sabemos que era un joven alegre, dispuesto a la fiesta, la música, la diversión, la bulla… un joven ambicioso, no conforme con pertenecer a la clase adinerada de su padre; un joven generoso, que todo hay que decirlo; con alardes de caballerosidad cuando podía alargar un puñado de monedas al necesitado; un joven sociable, que gustaba de la compañía de sus amigos y entre los que solía destacar por su capacidad de liderazgo; un joven con sensibilidad, a quien los detalles no pasaban desapercibidos…
Vemos pues a un Francisco con  unos rasgos humanos, con una forma concreta de ser. Y así mismo podemos echar una ojeada a sus circunstancias, a su historia personal, y entonces descubrimos al hijo de un mercader, educado como los mejores, hecho a un ambiente de comodidades , de lujo, acostumbrado a la elegancia, movido por los ideales de los jóvenes de su época: aspirante a caballero y por tanto dispuesto a demostrar su valor en el campo de batalla. Cuando comienza su conversión Francisco ya ha pasado por la experiencia de la guerra, de la cárcel y de la enfermedad.
Francisco empieza su conversión cuando abandona el ejército porque cae en la cuenta de que sólo un auténtico Señor puede dar más que cualquier señor feudal de los que había seguido hasta ese momento.
Poco a poco su generosidad deja de ser esporádica; ya no sólo asiste a quien le implora a cambio del “amor de Dios”, (episodio del mostrador…), sino que invita a los pobres a su mesa y gusta de su compañía. Es más, anhela experimentar qué es ser pobre y le cambia el sitio a uno de los muchos mendigos de Roma: cambia vestidos por harapos y estalla de alegría pidiendo limosna en francés, la lengua de su madre y en la que se expresa en los momentos de euforia.
Francisco ha ido respondiendo a la inspiración del Espíritu, no ha hecho oídos sordos al Espíritu y eso conduce sus pasos en una dirección cada vez más comprometida con la vivencia del evangelio.
El momento clave se da cuando, sin pretenderlo ni buscarlo, en un camino se le cruza el leproso. Francisco, hecho al refinamiento se ve tentado de reproducir su conducta habitual: dar un rodeo al oír la campanilla que todo leproso debía llevar para alertar de su presencia. Pero seguro que en la conciencia de Francisco resonó otra vez la inspiración del Espíritu con el recuerdo de las palabras de Jesús “lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hacéis”. Era la ocasión de ofrecer a Cristo la prueba decisiva de su disponibilidad para llegar a “conocer su voluntad”. Sabéis ya lo que pasó: baja del caballo, besa al leproso y le ofrece su ayuda. La alegría y el gozo que debió de experimentar fueron con seguridad de una intensidad tal que quedaron marcadas en él hasta el final de sus días.
Francisco se había encontrado poco a poco con Cristo, en los acontecimientos de su vida, en las inspiraciones cotidianas del Espíritu … y él no se había echado atrás. El encuentro era cada vez más claro, la senda a recorrer se iba dibujando cada día con más nitidez. Francisco iba haciendo camino al andar sin otro guía que la respuesta siempre positiva a las inspiraciones del Espíritu. Ya no bastó con encontrarse fortuitamente con  un leproso… ahora él mismo iría en busca de ellos para “practicar con ellos la misericordia”.
Como él hace notar en el testamento, sus mismos pecados le impedían acercarse al leproso; romper con sus pecados, dejarse alcanzar por el amor con el que Dios le acosaba, no pactar con la mediocridad,… eso fue lo que le posibilitó experimentar aquella dulzura y gozo.
Podemos decir que Francisco se la jugó. No anduvo con medias tintas. Su respuesta fue sin medida, sin cálculos, desmesurada. Pero para llegar a dar este vuelco, esta ruptura con su padre y su familia, este paso de divo a mendigo, su estrategia improvisada fue la de dar siempre respuesta afirmativa a los pequeños impulsos del Espíritu. No esperemos nosotros poder seguir las huellas de San Francisco si no respondemos con generosidad a las pequeñas necesidades de quienes nos rodean cada día; ni queramos llegar a experimentar en nuestra alma el gozo pleno que experimentó Francisco ante el leproso si no nos permitimos disfrutar de los pequeños gestos de amor que realizamos cada día a nuestros compañeros, familiares, amigos o vecinos.
Es tras el episodio del leproso, tras el encuentro de Francisco con sus semejantes necesitados, los últimos de la sociedad de su tiempo, cuando sitúan sus biógrafos la experiencia ante el crucifijo de San Damián. Este episodio no lo recuerda San Francisco en su testamento y sin embargo ¡cuántas veces asociamos nosotros mentalmente la conversión de Francisco más con su célebre pregunta “Señor, ¿qué quieres que haga?”, pronunciada ante el crucifijo de San Damián, que con su experiencia del leproso! ¿No será que a nosotros nos gustaría una respuesta sorprendente de un crucifijo que nos hablase más que tener una experiencia hiriente de encuentro con las miserias más dolorosas de nuestros días? Después de haber descubierto a Cristo en el leproso es cuando Francisco se encuentra preparado para descubrirlo como hermano en la imagen del crucifijo de San Damián …para entonces Francisco ya se hallaba “cambiado por completo en el corazón”. Abrir los ojos ante el leproso le había abierto el corazón para encontrar a Cristo como hermano.
Así pues, lo de Francisco ya no tiene vuelta atrás. Rompe definitivamente con su padre y en la plaza pública de Asís, acogido al derecho eclesiástico y amparado por el obispo renuncia a toda herencia familiar; le devuelve a su padre hasta los vestidos que en ese momento lleva puestos. Nuevamente encontramos a Francisco ebrio de gozo por la libertad conquistada, libertad de todo convencionalismo y de todo lazo terrenal. Por la vía de la pobreza encuentra la riqueza espiritual del gozo y la alegría. Por medio de la pobreza, alcanza la libertad. Libertad que no encajará con el ambiente del monasterio al que se dirige tras la ruptura con su padre; así que,tras una breve estancia entre los monjes, se traslada a vivir con los leprosos y allí es donde realiza su auténtico noviciado. Francisco estaba persuadido de que Cristo acaba por revelarse siempre a quien le busca en el necesitado y por ello ofreció la experiencia entre los leprosos a sus seguidores, a los primeros frailes, como primera escuela de conversión personal. Pero la conversión, para ser genuinamente franciscana, no es en primer lugar una conversión a la observancia meticulosa de leyes, normas o preceptos, sino un encuentro con Cristo en el que poder descubrir la ternura de la que quiere hacernos partícipes. Nuestro Señor Jesucristo nos indicó que ese era el camino para quien vuelve su corazón a Dios: “lo que hiciereis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. No podremos decir nunca que no estábamos avisados de este dato; El nos espera en los presos, los enfermos, los hambrientos, los sedientos, los marginados,… no podremos preguntarle extrañados “¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?”
Así pues, la conversión de Francisco no es una excepción, sino el itinerario normal de encuentro con el Dios de Jesús. Dios se nos manifiesta en el hermano necesitado y es ahí donde debemos buscarlo si es que queremos aprovechar esta cuaresma, este tiempo de gracia, para encontrarnos también nosotros con el Dios de Jesús. Si lo que pretendemos es encontrarnos con otro dios podremos seguir otros caminos, pero si pretendemos encontrarnos con el Dios de Jesús no hay otra puerta que la puerta estrecha de abrir nuestro corazón y dejarnos afectar por las necesidades del otro.



B.- EL FRANCISCO PENITENTE

Tras su conversión, Francisco adopta un estilo de vida eminentemente penitencial. Algunos datos así nos lo descubren:
*                    Rechaza vehementemente todo uso del dinero, por ser éste todo un símbolo de poder. En cierta ocasión le manda a un hermano que había recogido como limosna algunas monedas que las vaya a tirar a un montón de estiércol.
*                    Multiplica las cuaresmas durante el año, hasta el punto de comenzar una apenas concluida la anterior. Esto significaba que su alimentación se veía reducida a la mínima expresión, y que la carne sólo la probaba en caso de enfermedad.
*                    Rechaza que los frailes tengan conventos o lugares propios donde habitar puesto que somos peregrinos y forasteros en este mundo y sólo en la vida futura hemos de poner nuestros anhelos.
*                    Viste con una sencilla túnica que remienda con sus manos según lo va necesitando; en ocasiones cambia sus vestidos por los mendigos porque no soporta ver a otro menos abrigado que él. Su pobreza está hecha de solidaridad y de confianza en la divina providencia.
*                    Se muestra obediente al Evangelio como expresión de la voluntad de Dios hasta el punto de usarlo como respuesta textual a sus inquietudes; ante la duda, recurría a abrir los evangelios al azar confiando así en encontrar la respuesta divina.

Todos estos datos nos muestran el modo concreto que Francisco tuvo de entender la penitencia y su entrega al evangelio. Seguramente para nosotros son datos impensables, más propios de una imaginación calenturienta que de una experiencia real, vivida por alguien. En nuestros días esto es de locos. Pero ¿se deberá a que ya no necesitamos semejantes manifestaciones externas de nuestra opción por el evangelio o a que sencillamente el evangelio no llega a tocar nuestra vida cotidiana? ¿No habremos descafeinado tanto el mensaje de Jesús que lo hemos desterrado por completo de nuestras vidas? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros en nuestra conversión al evangelio?
Ojalá nos sirva el testimonio de Francisco, tan desproporcionado, tan desmesurado, para que, al menos, nos sintamos delatados en nuestro estilo de vida comodón y hasta pasota.



C.- EXPERIENCIA DE PECADO, EXPERIENCIA DE PERDÓN


Volvamos a la experiencia nuclear de la conversión de Francisco, volvamos a su Testamento y apliquemos la lupa y un análisis minucioso a su experiencia clave. Él nos dice: “como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos”. Pero ¿qué era para Francisco “estar en pecados”? ¿En qué consiste su experiencia del pecado? ¿Y la nuestra?

Una primera posibilidad es que el pecado sea para nosotros principalmente una infracción de la Ley, una infracción de unas normas de inspiración divina. Esta es  la experiencia de Moisés y del pueblo judío; la de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Con esta experiencia del pecado, nos sentiremos movidos a conversión por la necesidad de restablecer el orden moral quebrantado y nuestro remordimiento consistirá en un fuerte sentido de culpa. Convertirnos consistirá en volver a ponernos en regla con Dios; será como pagar una especie de multa, una sanción proporcionada a la infracción cometida. Si es así, el proyecto de vida que conlleve la conversión se limitará a un nuevo empeño por observar y cumplir ciertos deberes y principios morales aprendidos desde niños y que no nos atrevemos a cambiar por nuestra cuenta. Pero no creo que ésta sea la experiencia de los que sois jóvenes hoy en día.
Y Francisco, ¿encaja en este esquema? ¿Sería la experiencia de pecado de Francisco una experiencia centrada únicamente en el sentido de culpabilidad por todas las infracciones de la ley de Dios cometidas por él en los años jóvenes de su vida? ¿Sería la imagen de Dios de Francisco la de Moisés y del Antiguo Testamento? ¿Habría vivido posteriormente San Francisco su vida de penitencia, de converso, como la vivió si su conversión sólo debiera consistir en una sanción a cumplir por sus pecados pasados?

Una segunda posibilidad es que el pecado consista en una especie de infidelidad a uno mismo, una traición al propio ideal, una frustración de las mejores capacidades de uno mismo, un choque de nuestras expectativas sobre nosotros mismos contra la dura realidad de nuestros fallos y limitaciones. Si esta es nuestra experiencia del pecado, la experiencia de Dios que la acompañará será probablemente la de un Dios garante de lo genuinamente humano, el que nos llama a ser auténticamente hombres, y Jesús de Nazaret, el ideal de hombre a imitar. Si esto es así, los motivos para la conversión serán el recuperar lo mejor de uno mismo, el remordimiento será no haber alcanzado la meta que nosotros mismos o el evangelio nos propone; el no haber dado la talla de lo que Dios espera de nosotros. Si esto es así, la conversión ya no se referirá a actos concretos, a momentos puntuales de nuestra vida, sino a todo un proyecto de vida, al conjunto de nuestras actitudes. Convertirse significará romper con todo aquello que atente contra los grandes valores: será romper con la injusticia, con la insolidaridad, con el egoísmo… con todo aquello que atenta contra el hombre y la sociedad. El proyecto de vida que se derive de la conversión, será global y dinámico… pretenderemos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás y ayudarles a su vez a sacar lo mejor de sí mismos. Seguro que entonces nos atreveremos a testimoniar proféticamente y sin miedos los valores evangélicos que hemos asumido como fundantes de toda vida humana. Es más, con toda probabilidad  no nos conformaremos con convertirnos personalmente, sino que pretenderemos cambiar también las estructuras sociales y eclesiales. Nuestra vivencia de Iglesia será mucho más rica que si sólo se trata de corregir actos personales.
Pero también aquí cabe preguntarnos al dirigir la mirada a Francisco de Asís ¿encaja Francisco en este esquema? Seguramente encaja mucho mejor que en el apartado anterior, porque si algo pretendió fue encarnar los valores evangélicos, seguir las huellas d nuestro Señor Jesucristo. ¿Pero creéis que a la hora de convertirse lo hizo planeando hasta dónde quería llegar? ¿que se propuso alcanzar la meta sólo por ser más él mismo, sólo por fidelidad a sí mismo?

Estos dos modos de entender el pecado y la conversión son, creo, muy comunes y muy humanos. Pero si nos quedamos ahí, quizás no estamos alcanzando el nivel específicamente cristiano de experiencia de Dios, de pecado y de perdón.
Para ver en qué consiste este nivel, retomemos por un momento el episodio de la mujer adúltera. Recordad: se trata de una mujer que ha pecado. En Israel la Ley de Moisés tenía previsto el castigo correspondiente y quienes la presentan a Jesús viven esa concepción del pecado como infracción de la Ley. Sólo hay una salida para una situación así: cumplir la pena. Sin embargo Jesús se desmarca de ese planteamiento invitando a ejecutar el castigo a quienes estén libres de pecado, a quienes nunca hayan infringido la Ley. Nadie. Empezando por los más viejos, se van retirando. La experiencia de la vida aporta humildad y un conocimiento más realista de la condición humana; las infracciones se van acumulando con los años. Jesús queda sólo con la mujer y la invita a enderezarse, a mirar a su alrededor y a analizar la situación. La Ley y sus actos la habían puesto en una situación sin salida, en un callejón con la muerte al fondo. Sin embargo Jesús, el único que podía tirar la primera piedra, le dice “pues yo tampoco te condeno, vete y no peques más”. Nada de complicidad indulgente en Jesús. No; la trata como un ser responsable del mal que ha hecho; pero como a alguien que puede también hacer el bien. Jesús no otorga la última palabra sobre la vida de esa mujer al mal que ha hecho, sino al amor que Dios la invita a vivir.
De esta manera podemos darnos cuenta de lo que es para Jesús el pecado: no, ante todo, una infracción de la Ley; tampoco, ante todo, una falta contra uno mismo; sino una ruptura del amor. Y ni la Ley ni la conciencia podían otorgar el perdón; sólo el encuentro con un AMOR mayor, el de ALGUIEN que la acoge como es y con su pecado, podía hacerle reencontrar el amor y otorgarle el perdón. El perdón que Dios nos ofrece no es pues el pago de una deuda (clave de Ley) ni la posibilidad de una excusa (clave de conciencia), sino una real acogida del pecador con todo lo que es, incluido el mal realizado.
¿Es pues para nosotros el pecado principalmente una ruptura del amor? Si es así, nuestro Dios sí que será ese padre que nos ama y que Jesús nos manifestó. Nuestro Dios sí será ese Dios cuyo amor misericordioso y liberador nos reveló Jesús mediante su actitud hacia los pobres y excluidos, a quienes constituye en sus amigos. Si es así, la llamada a la conversión no nos vendrá de un sistema de valores  ni de un código ético o moral, sino de un amor que viene, no del corazón del hombre, sino de mucho más lejos. Si es así, convertirnos será cambiar nuestro corazón radicalmente y ponernos en camino para recorrer un largo trayecto de tomas de conciencia y cambios progresivos de actitudes; convertirnos afectará a la orientación fundamental de toda nuestra existencia. Si es así, nuestro proyecto de vida no será sino una respuesta de amor al AMOR que nos amó primero.
Y ahora os pregunto: ¿encaja la vida de Francisco con este análisis? ¿No es verdad que el Dios que descubre Francisco en su conversión es el que toma la iniciativa de amarle aunque él estaba en pecados y por eso le resultaba muy amargo ver leprosos? ¿No es verdad que Francisco se siente llamado a la conversión porque descubre el amor de Dios que transforma su manera de ver la vida y el mundo? ¿No es verdad que cuando se convierte no se limita a corregir sus actos, ni a poner en paz su conciencia, sino que responde con generosidad desmedida y se lanza por pueblos y caminos a proclamar que el amor no es amado? ¿No es verdad que su proyecto de vida pasa a ser la vivencia del evangelio en la más pura radicalidad? ¿No es verdad que no le mueve la Ley ni la conciencia, sino el impulso desbordado de responder al amor que descubre en los últimos y más desamparados de su tiempo? ¿No es verdad que Francisco descubre asombrado que Dios perdona más de lo que él mismo es capaz de perdonarse?
No quisiera, hermanos, que de esta charla salieseis con los hombros más cargados de penitencias concretas, de planes de ser mejores en esto o en aquello. Pienso que sería preferible que simplemente salieseis con los ojos bien abiertos, dispuestos a encontrar en vuestra propia vida , en la vida de cada día, ese AMOR y ese PERDÓN que pudieran sanar vuestro corazón y el de quienes os rodean. Quizás el Señor no elija para vosotros ni para mí el poner un leproso en nuestro camino, pero seguro que nos pondrá algún otro tipo de necesitado, de hambriento o sediento, de preso o de enfermo en el que podamos reconocerle.

Que el Señor nos conceda en esta cuaresma salir al encuentro de los necesitados  y descubrir por medio de ellos el inmenso amor que Dios nos tiene.

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