FRANCISCO
DE ASÍS, CONVERSO Y PENITENTE
A.- ITINERARIO
DE CONVERSIÓN DE FRANCISCO
San Francisco
comienza su testamento diciendo: “El
Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer
penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver
leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos
la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo,
se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco
de tiempo y salí del siglo”.
Francisco, al
final de sus días recuerda sólo lo esencial; los detalles se pierden en su
memoria, no son importantes: lo esencial es lo que nos cuenta, el núcleo de su
experiencia de conversión.
Nosotros
podemos recurrir a sus biógrafos para recomponer los antecedentes. El encuentro
con el leproso no lo realiza Francisco sin haber preparado antes su corazón.
Recordemos en primer lugar cómo vivía y cómo era Francisco hasta el momento de
su conversión. Sabemos que era un joven alegre, dispuesto a la fiesta, la
música, la diversión, la bulla… un joven ambicioso, no conforme con pertenecer
a la clase adinerada de su padre; un joven generoso, que todo hay que decirlo;
con alardes de caballerosidad cuando podía alargar un puñado de monedas al
necesitado; un joven sociable, que gustaba de la compañía de sus amigos y entre
los que solía destacar por su capacidad de liderazgo; un joven con
sensibilidad, a quien los detalles no pasaban desapercibidos…
Vemos pues a un
Francisco con unos rasgos humanos, con
una forma concreta de ser. Y así mismo podemos echar una ojeada a sus
circunstancias, a su historia personal, y entonces descubrimos al hijo de un
mercader, educado como los mejores, hecho a un ambiente de comodidades , de
lujo, acostumbrado a la elegancia, movido por los ideales de los jóvenes de su
época: aspirante a caballero y por tanto dispuesto a demostrar su valor en el
campo de batalla. Cuando comienza su conversión Francisco ya ha pasado por la
experiencia de la guerra, de la cárcel y de la enfermedad.
Francisco
empieza su conversión cuando abandona el ejército porque cae en la cuenta de
que sólo un auténtico Señor puede dar más que cualquier señor feudal de los que
había seguido hasta ese momento.
Poco a poco su
generosidad deja de ser esporádica; ya no sólo asiste a quien le implora a
cambio del “amor de Dios”, (episodio del mostrador…), sino que invita a los
pobres a su mesa y gusta de su compañía. Es más, anhela experimentar qué es ser
pobre y le cambia el sitio a uno de los muchos mendigos de Roma: cambia
vestidos por harapos y estalla de alegría pidiendo limosna en francés, la
lengua de su madre y en la que se expresa en los momentos de euforia.
Francisco ha
ido respondiendo a la inspiración del Espíritu, no ha hecho oídos sordos al
Espíritu y eso conduce sus pasos en una dirección cada vez más comprometida con
la vivencia del evangelio.
El momento
clave se da cuando, sin pretenderlo ni buscarlo, en un camino se le cruza el
leproso. Francisco, hecho al refinamiento se ve tentado de reproducir su
conducta habitual: dar un rodeo al oír la campanilla que todo leproso debía
llevar para alertar de su presencia. Pero seguro que en la conciencia de
Francisco resonó otra vez la inspiración del Espíritu con el recuerdo de las
palabras de Jesús “lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo
hacéis”. Era la ocasión de ofrecer a Cristo la prueba decisiva de su
disponibilidad para llegar a “conocer su voluntad”. Sabéis ya lo que pasó: baja
del caballo, besa al leproso y le ofrece su ayuda. La alegría y el gozo que
debió de experimentar fueron con seguridad de una intensidad tal que quedaron
marcadas en él hasta el final de sus días.
Francisco se
había encontrado poco a poco con Cristo, en los acontecimientos de su vida, en
las inspiraciones cotidianas del Espíritu … y él no se había echado atrás. El
encuentro era cada vez más claro, la senda a recorrer se iba dibujando cada día
con más nitidez. Francisco iba haciendo camino al andar sin otro guía que la
respuesta siempre positiva a las inspiraciones del Espíritu. Ya no bastó con
encontrarse fortuitamente con un
leproso… ahora él mismo iría en busca de ellos para “practicar con ellos la
misericordia”.
Como él hace
notar en el testamento, sus mismos pecados le impedían acercarse al leproso;
romper con sus pecados, dejarse alcanzar por el amor con el que Dios le
acosaba, no pactar con la mediocridad,… eso fue lo que le posibilitó
experimentar aquella dulzura y gozo.
Podemos decir
que Francisco se la jugó. No anduvo con medias tintas. Su respuesta fue sin
medida, sin cálculos, desmesurada. Pero para llegar a dar este vuelco, esta
ruptura con su padre y su familia, este paso de divo a mendigo, su estrategia
improvisada fue la de dar siempre respuesta afirmativa a los pequeños impulsos
del Espíritu. No esperemos nosotros poder seguir las huellas de San Francisco si
no respondemos con generosidad a las pequeñas necesidades de quienes nos rodean
cada día; ni queramos llegar a experimentar en nuestra alma el gozo pleno que
experimentó Francisco ante el leproso si no nos permitimos disfrutar de los
pequeños gestos de amor que realizamos cada día a nuestros compañeros,
familiares, amigos o vecinos.
Es tras el
episodio del leproso, tras el encuentro de Francisco con sus semejantes
necesitados, los últimos de la sociedad de su tiempo, cuando sitúan sus
biógrafos la experiencia ante el crucifijo de San Damián. Este episodio no lo
recuerda San Francisco en su testamento y sin embargo ¡cuántas veces asociamos
nosotros mentalmente la conversión de Francisco más con su célebre pregunta
“Señor, ¿qué quieres que haga?”, pronunciada ante el crucifijo de San Damián,
que con su experiencia del leproso! ¿No será que a nosotros nos gustaría una
respuesta sorprendente de un crucifijo que nos hablase más que tener una
experiencia hiriente de encuentro con las miserias más dolorosas de nuestros
días? Después de haber descubierto a Cristo en el leproso es cuando Francisco
se encuentra preparado para descubrirlo como hermano en la imagen del crucifijo
de San Damián …para entonces Francisco ya se hallaba “cambiado por completo en
el corazón”. Abrir los ojos ante el leproso le había abierto el corazón para
encontrar a Cristo como hermano.
Así pues, lo de
Francisco ya no tiene vuelta atrás. Rompe definitivamente con su padre y en la
plaza pública de Asís, acogido al derecho eclesiástico y amparado por el obispo
renuncia a toda herencia familiar; le devuelve a su padre hasta los vestidos
que en ese momento lleva puestos. Nuevamente encontramos a Francisco ebrio de
gozo por la libertad conquistada, libertad de todo convencionalismo y de todo
lazo terrenal. Por la vía de la pobreza encuentra la riqueza espiritual del
gozo y la alegría. Por medio de la pobreza, alcanza la libertad. Libertad que
no encajará con el ambiente del monasterio al que se dirige tras la ruptura con
su padre; así que,tras una breve estancia entre los monjes, se traslada a vivir
con los leprosos y allí es donde realiza su auténtico noviciado. Francisco
estaba persuadido de que Cristo acaba por revelarse siempre a quien le busca en
el necesitado y por ello ofreció la experiencia entre los leprosos a sus
seguidores, a los primeros frailes, como primera escuela de conversión
personal. Pero la conversión, para ser genuinamente franciscana, no es en
primer lugar una conversión a la observancia meticulosa de leyes, normas o
preceptos, sino un encuentro con Cristo en el que poder descubrir la ternura de
la que quiere hacernos partícipes. Nuestro Señor Jesucristo nos indicó que ese
era el camino para quien vuelve su corazón a Dios: “lo que hiciereis a uno de
estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. No podremos decir nunca que no
estábamos avisados de este dato; El nos espera en los presos, los enfermos, los
hambrientos, los sedientos, los marginados,… no podremos preguntarle extrañados
“¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o enfermo o en la cárcel y no te
asistimos?”
Así pues, la
conversión de Francisco no es una excepción, sino el itinerario normal de
encuentro con el Dios de Jesús. Dios se nos manifiesta en el hermano necesitado
y es ahí donde debemos buscarlo si es que queremos aprovechar esta cuaresma,
este tiempo de gracia, para encontrarnos también nosotros con el Dios de Jesús.
Si lo que pretendemos es encontrarnos con otro dios podremos seguir otros
caminos, pero si pretendemos encontrarnos con el Dios de Jesús no hay otra
puerta que la puerta estrecha de abrir nuestro corazón y dejarnos afectar por
las necesidades del otro.
B.- EL
FRANCISCO PENITENTE
Tras su
conversión, Francisco adopta un estilo de vida eminentemente penitencial.
Algunos datos así nos lo descubren:
*
Rechaza vehementemente todo uso del dinero, por ser
éste todo un símbolo de poder. En cierta ocasión le manda a un hermano que
había recogido como limosna algunas monedas que las vaya a tirar a un montón de
estiércol.
*
Multiplica las cuaresmas durante el año, hasta el punto
de comenzar una apenas concluida la anterior. Esto significaba que su
alimentación se veía reducida a la mínima expresión, y que la carne sólo la
probaba en caso de enfermedad.
*
Rechaza que los frailes tengan conventos o lugares
propios donde habitar puesto que somos peregrinos y forasteros en este mundo y
sólo en la vida futura hemos de poner nuestros anhelos.
*
Viste con una sencilla túnica que remienda con sus
manos según lo va necesitando; en ocasiones cambia sus vestidos por los
mendigos porque no soporta ver a otro menos abrigado que él. Su pobreza está
hecha de solidaridad y de confianza en la divina providencia.
*
Se muestra obediente al Evangelio como expresión de
la voluntad de Dios hasta el punto de usarlo como respuesta textual a sus
inquietudes; ante la duda, recurría a abrir los evangelios al azar confiando
así en encontrar la respuesta divina.
Todos estos
datos nos muestran el modo concreto que Francisco tuvo de entender la
penitencia y su entrega al evangelio. Seguramente para nosotros son datos
impensables, más propios de una imaginación calenturienta que de una
experiencia real, vivida por alguien. En nuestros días esto es de locos. Pero
¿se deberá a que ya no necesitamos semejantes manifestaciones externas de
nuestra opción por el evangelio o a que sencillamente el evangelio no llega a
tocar nuestra vida cotidiana? ¿No habremos descafeinado tanto el mensaje de
Jesús que lo hemos desterrado por completo de nuestras vidas? ¿Hasta dónde
estamos dispuestos a llegar nosotros en nuestra conversión al evangelio?
Ojalá nos sirva
el testimonio de Francisco, tan desproporcionado, tan desmesurado, para que, al
menos, nos sintamos delatados en nuestro estilo de vida comodón y hasta pasota.
C.- EXPERIENCIA
DE PECADO, EXPERIENCIA DE PERDÓN
Volvamos a la
experiencia nuclear de la conversión de Francisco, volvamos a su Testamento y
apliquemos la lupa y un análisis minucioso a su experiencia clave. Él nos dice:
“como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos”. Pero ¿qué era
para Francisco “estar en pecados”? ¿En qué consiste su experiencia del pecado?
¿Y la nuestra?
Una primera
posibilidad es que el pecado sea para nosotros principalmente una infracción de
la Ley, una infracción de unas normas de inspiración divina. Esta es la experiencia de Moisés y del pueblo judío;
la de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Con esta
experiencia del pecado, nos sentiremos movidos a conversión por la necesidad de
restablecer el orden moral quebrantado y nuestro remordimiento consistirá en un
fuerte sentido de culpa. Convertirnos consistirá en volver a ponernos en regla
con Dios; será como pagar una especie de multa, una sanción proporcionada a la
infracción cometida. Si es así, el proyecto de vida que conlleve la conversión
se limitará a un nuevo empeño por observar y cumplir ciertos deberes y
principios morales aprendidos desde niños y que no nos atrevemos a cambiar por
nuestra cuenta. Pero no creo que ésta sea la experiencia de los que sois
jóvenes hoy en día.
Y Francisco,
¿encaja en este esquema? ¿Sería la experiencia de pecado de Francisco una
experiencia centrada únicamente en el sentido de culpabilidad por todas las
infracciones de la ley de Dios cometidas por él en los años jóvenes de su vida?
¿Sería la imagen de Dios de Francisco la de Moisés y del Antiguo Testamento?
¿Habría vivido posteriormente San Francisco su vida de penitencia, de converso,
como la vivió si su conversión sólo debiera consistir en una sanción a cumplir
por sus pecados pasados?
Una segunda
posibilidad es que el pecado consista en una especie de infidelidad a uno
mismo, una traición al propio ideal, una frustración de las mejores capacidades
de uno mismo, un choque de nuestras expectativas sobre nosotros mismos contra
la dura realidad de nuestros fallos y limitaciones. Si esta es nuestra
experiencia del pecado, la experiencia de Dios que la acompañará será
probablemente la de un Dios garante de lo genuinamente humano, el que nos llama
a ser auténticamente hombres, y Jesús de Nazaret, el ideal de hombre a imitar.
Si esto es así, los motivos para la conversión serán el recuperar lo mejor de
uno mismo, el remordimiento será no haber alcanzado la meta que nosotros mismos
o el evangelio nos propone; el no haber dado la talla de lo que Dios espera de
nosotros. Si esto es así, la conversión ya no se referirá a actos concretos, a
momentos puntuales de nuestra vida, sino a todo un proyecto de vida, al
conjunto de nuestras actitudes. Convertirse significará romper con todo aquello
que atente contra los grandes valores: será romper con la injusticia, con la
insolidaridad, con el egoísmo… con todo aquello que atenta contra el hombre y
la sociedad. El proyecto de vida que se derive de la conversión, será global y
dinámico… pretenderemos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás y ayudarles
a su vez a sacar lo mejor de sí mismos. Seguro que entonces nos atreveremos a
testimoniar proféticamente y sin miedos los valores evangélicos que hemos
asumido como fundantes de toda vida humana. Es más, con toda probabilidad no nos conformaremos con convertirnos
personalmente, sino que pretenderemos cambiar también las estructuras sociales
y eclesiales. Nuestra vivencia de Iglesia será mucho más rica que si sólo se
trata de corregir actos personales.
Pero también
aquí cabe preguntarnos al dirigir la mirada a Francisco de Asís ¿encaja
Francisco en este esquema? Seguramente encaja mucho mejor que en el apartado
anterior, porque si algo pretendió fue encarnar los valores evangélicos, seguir
las huellas d nuestro Señor Jesucristo. ¿Pero creéis que a la hora de
convertirse lo hizo planeando hasta dónde quería llegar? ¿que se propuso
alcanzar la meta sólo por ser más él mismo, sólo por fidelidad a sí mismo?
Estos dos modos
de entender el pecado y la conversión son, creo, muy comunes y muy humanos.
Pero si nos quedamos ahí, quizás no estamos alcanzando el nivel específicamente
cristiano de experiencia de Dios, de pecado y de perdón.
Para ver en qué
consiste este nivel, retomemos por un momento el episodio de la mujer adúltera.
Recordad: se trata de una mujer que ha pecado. En Israel la Ley de Moisés tenía
previsto el castigo correspondiente y quienes la presentan a Jesús viven esa
concepción del pecado como infracción de la Ley. Sólo hay una salida para una
situación así: cumplir la pena. Sin embargo Jesús se desmarca de ese
planteamiento invitando a ejecutar el castigo a quienes estén libres de pecado,
a quienes nunca hayan infringido la Ley. Nadie. Empezando por los más viejos,
se van retirando. La experiencia de la vida aporta humildad y un conocimiento más
realista de la condición humana; las infracciones se van acumulando con los
años. Jesús queda sólo con la mujer y la invita a enderezarse, a mirar a su
alrededor y a analizar la situación. La Ley y sus actos la habían puesto en una
situación sin salida, en un callejón con la muerte al fondo. Sin embargo Jesús,
el único que podía tirar la primera piedra, le dice “pues yo tampoco te
condeno, vete y no peques más”. Nada de complicidad indulgente en Jesús. No; la
trata como un ser responsable del mal que ha hecho; pero como a alguien que
puede también hacer el bien. Jesús no otorga la última palabra sobre la vida de
esa mujer al mal que ha hecho, sino al amor que Dios la invita a vivir.
De esta manera
podemos darnos cuenta de lo que es para Jesús el pecado: no, ante todo, una
infracción de la Ley; tampoco, ante todo, una falta contra uno mismo; sino una
ruptura del amor. Y ni la Ley ni la conciencia podían otorgar el perdón; sólo
el encuentro con un AMOR mayor, el de ALGUIEN que la acoge como es y con su pecado,
podía hacerle reencontrar el amor y otorgarle el perdón. El perdón que Dios nos
ofrece no es pues el pago de una deuda (clave de Ley) ni la posibilidad de una
excusa (clave de conciencia), sino una real acogida del pecador con todo lo
que es, incluido el mal realizado.
¿Es pues para
nosotros el pecado principalmente una ruptura del amor? Si es así, nuestro Dios
sí que será ese padre que nos ama y que Jesús nos manifestó. Nuestro Dios sí
será ese Dios cuyo amor misericordioso y liberador nos reveló Jesús mediante su
actitud hacia los pobres y excluidos, a quienes constituye en sus amigos. Si es
así, la llamada a la conversión no nos vendrá de un sistema de valores ni de un código ético o moral, sino de un
amor que viene, no del corazón del hombre, sino de mucho más lejos. Si es así,
convertirnos será cambiar nuestro corazón radicalmente y ponernos en camino
para recorrer un largo trayecto de tomas de conciencia y cambios progresivos de
actitudes; convertirnos afectará a la orientación fundamental de toda nuestra
existencia. Si es así, nuestro proyecto de vida no será sino una respuesta de
amor al AMOR que nos amó primero.
Y ahora os
pregunto: ¿encaja la vida de Francisco con este análisis? ¿No es verdad que el
Dios que descubre Francisco en su conversión es el que toma la iniciativa de
amarle aunque él estaba en pecados y por eso le resultaba muy amargo ver
leprosos? ¿No es verdad que Francisco se siente llamado a la conversión porque
descubre el amor de Dios que transforma su manera de ver la vida y el mundo?
¿No es verdad que cuando se convierte no se limita a corregir sus actos, ni a
poner en paz su conciencia, sino que responde con generosidad desmedida y se
lanza por pueblos y caminos a proclamar que el amor no es amado? ¿No es verdad
que su proyecto de vida pasa a ser la vivencia del evangelio en la más pura
radicalidad? ¿No es verdad que no le mueve la Ley ni la conciencia, sino el
impulso desbordado de responder al amor que descubre en los últimos y más
desamparados de su tiempo? ¿No es verdad que Francisco descubre asombrado que
Dios perdona más de lo que él mismo es capaz de perdonarse?
No quisiera,
hermanos, que de esta charla salieseis con los hombros más cargados de
penitencias concretas, de planes de ser mejores en esto o en aquello. Pienso
que sería preferible que simplemente salieseis con los ojos bien abiertos,
dispuestos a encontrar en vuestra propia vida , en la vida de cada día, ese
AMOR y ese PERDÓN que pudieran sanar vuestro corazón y el de quienes os rodean.
Quizás el Señor no elija para vosotros ni para mí el poner un leproso en
nuestro camino, pero seguro que nos pondrá algún otro tipo de necesitado, de
hambriento o sediento, de preso o de enfermo en el que podamos reconocerle.
Que el Señor
nos conceda en esta cuaresma salir al encuentro de los necesitados y descubrir por medio de ellos el inmenso
amor que Dios nos tiene.

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