martes, 3 de noviembre de 2015

LA EXPERIENCIA FUNDANTE EN SAN FRANCISCO EN LAS BIOGRAFÍAS




Podemos afirmar que Jesucristo pobre y humilde es la experiencia fundante en la vida de Francisco. Como es lógico, no se trata de una experiencia adquirida de forma súbita sino que presupone un complejo proceso de maduración a lo largo de los años. Ya en el trabajo anterior, en el que se profundizó en su proceso de conversión mediante las principales experiencias que lo configuraron y que aparecen en el Testamento, se intuían los rasgos de esta experiencia fundante. En este trabajo trataremos de profundizar un poco más es esta experiencia fundante.

En los escritos la experiencia de Francisco se puede resumir en el Amor divino y sublime que en el Hijo se ha dignado a bajar, hacerse poca cosa, humildad y minoridad. Sólo desde la óptica del amor se puede entender a un Dios que se despoja humildemente de todo para darse más plenamente. Ante esta experiencia, la vida de Francisco trató de ser adhesión absoluta y constante al Jesús del Evangelio. Y fue precisamente en la escucha y lectura del Evangelio donde Francisco encontró las palabras que dieron orien­tación y contenido a su vida.

A Francisco le sorprende como Jesucristo, a pesar de ser el Señor glorioso:

·         se encarna en nuestra condición humana de modo pobre, mendigo y extranjero,

·         se humilla radicalmente en la cruz demostrando un vaciamiento de la propia voluntad en favor de la voluntad salvadora del Padre a favor de los hombres,

·         se sigue presentando y ofreciendo a los hombres a lo largo de los siglos, en forma humilde, pobre y fracasado: en su Palabra, en su Iglesia, en sus sacerdotes, incluso en aquellos más incultos e indignos, en la humildad y sencillez de las especies eucarísticas,

·         se identifica en la persona del pobre.

Aunque no sólo, especialmente en estos tres lugares, Francisco capta, admira y se siente atraído a corresponder sin reservas al Dios que se manifiesta en la caridad, pero en la forma, y bajo la apariencia de la humildad, de la pobreza, del vaciamiento total de todo derecho, grandeza y gloria, en la impotencia.
De la persona de Cristo, Francisco capta inmediatamente la pobreza entendida como abajamiento y anonadamiento. Esta pobreza de Dios, es asumida por Francisco como motivación para la elección de la pobreza radical, para él mismo y para sus seguidores. La pobreza que propone Francisco está en conformidad con Cristo pobre y surge como respuesta radical al amor sin reservas de Dios.


La cueva de Greccio

Francisco ve, admira y se deja atrapar por el amor divino pobre y humilde manifestado en la gruta de Belén representada en Greccio. El hecho de la encarnación de Jesús cobra sentido y relieve en todo el redescubrimiento que Francisco ha hecho del valor cristiano de la humanidad de Jesús. La encarnación para Francisco, antes que gozo y fiesta, es la confirmación de que la pobreza ha sido el camino de Jesús desde el principio, y por tanto, la norma única del Hermano Menor. Pobreza que es unión con la cruz, ya que nacimiento y muerte del Señor son las dos caras de una misma realidad.
En las biografías el relato más característico es el de 1C84 en el que se narra el episodio del pesebre preparado el día de Navidad en Greccio. Además del hecho en sí, creo que es importante no olvidar la proximidad del suceso (a finales de 1223) con el hecho de las llagas en el Alverna (1224). Es decir, Greccio supuso para Francisco una síntesis perfecta del misterio de la cruz.
La escenificación de Greccio deja bien claro el valor cristiano de esa humanidad salvadora de Jesús. En Greccio se descubre cómo comprende al Jesús que ha seguido en toda su vida: pobre rey, pobre ciudad, niño inválido. El nacimiento de Jesús se convierte en misterio de pobreza.
De un modo más sistemático narra 2C199 el estilo franciscano de la Navidad conjugando lo festivo con la penuria y pobreza que ha envuelto el nacimiento de Jesús. Con facilidad deri­va el autor en una alabanza a la pobreza cuando describe ese entrañable suceso de Francisco comiendo tierra y con lágri­mas en los ojos al recordar la penuria total de Jesús y de la Virgen.
Algo más legendario es el pasaje de EP 114 (LP 14) en el que el Santo manifiesta el deseo de que a las alondras no les falte el grano el día solemne de la Navidad del Señor. Vuelve el tema de la pobreza y el gozo que da un despojo salvador.
Vivir el misterio de la Palabra hecha hombre al estilo de Francisco es vibrar por la humanidad salvadora de Jesús en el gesto prometedor y entrañable de su comienzo histórico. Este comienzo cobra su sentido desde la óptica de la cruz, momento supremo de la historia salvadora del Señor. Desde ese despojo se entiende la po­breza concreta del momento del nacimiento, pobreza que al ser captada como camino salvador de Jesús es también para el creyente algo válido y fecundo hasta provocar un gozo que pueda ser celebrado en la liturgia y en gestos festivos.
Así comprende Francisco la humanidad de Jesús, su hecho salvador. Como algo que ha tenido comienzo en la historia y de cuya comprensión depende mucho el estilo de vida que uno pretende llevar.


La experiencia de la cruz


Es en la experiencia de la cruz donde la vida de Franciso toca fondo. La cruz es para Francisco punto de partida y meta. No en vano escribe Celano:  Sé a Cristo pobre y crucificado (2C 105).
El diálogo de Francisco con la imagen de Cristo en san Damián (TC 13) tuvo lugar cuando Francisco estaba sumido en plena crisis de identidad. Ya había tenido su contacto con los leprosos, experiencia que había constituido la base de su ruptura con la familia y con su medio ambiente social. Sin embargo, esta opción decidida por el hombre pobre encuentra una confir­mación en el sentido de la cruz del Señor. En la cruz sintió como el dolor de Cristo explicaba, esclarecía y daba sentido a todos los otros dolores de los hombres. Su conversión adquiría de ese modo el valor de algo más que un simple gesto de caridad, el valor de una opción de fe. A partir de este momento toda su vida trata de ser una plena identificación con el Cristo crucificado.
Cuando al final de su vida, en septiembre de 1224, se retiró a al Alverna nos encontramos con un Francisco enfermo y profundamente preocupado por los derroteros que está tomando la Orden y que él ni compartía ni podía controlar ya. Si toda su vida pretendió ser una identificación con Jesucristo pobre y crucificado, no es de extrañar que fuese en esta situación de tanta limitación cuando recibiese en su cuerpo las llagas de Jesús (TC 69). Nos encontramos con la cima de un proceso singular de meditación, imitación y vivencia de la fe en la pasión y cruz de Jesús.
Aunque es en el oficio de pasión donde, por medio de un cosido de citas sálmicas, se refiere de modo directo a la cruz y a su misterio salvífico, la oración Te adoramos Señor Jesucristo... es, según mi opinión, la que mejor recoge la experiencia de la cruz. Si bien es cierto que pudo inspirarse en una antífona litúrgica, él la personaliza de tal manera que adora en el signo de todas las iglesias que ve el signo definitivo de la salvación: la Cruz del Señor. Ahí se resume todo como si de una pequeña catequesis se tratase. Mucho ha debido de calar en el corazón de los hermanos esta oración de Francisco cuando hoy en día aún comenzamos nuestras oraciones con ella.


La Eucaristía


        La humillación del Hijo del Hombre se actualiza cada día en el Sacramento de la Eucaristía. Teniendo en cuenta los puntos anteriores es fácil deducir que Francisco quisiera anclar su nueva vida evangélica y la de sus hermanos en el misterio eucarístico.
En una época donde la Eucaristía estaba muy devaluada, Francisco valoró la Eucaristía en primer lugar participando de la Eucaristía y en segundo lugar escribiendo las llamadas cartas eucarísticas. Efectivamente, la importancia de la Eucaristía para Francisco se ve cuando todos los grandes momentos de su vida han estado cercanos y enmarcados en la Eucaristía: su conversión (lC22), la conversión de sus primeros compañeros (lC24), el misterio de la encarnación en Greccio (lC84). Comulgaba con frecuencia en un ambiente que no favorecía la participación (2C201) y teniendo en cuenta que en la mayoría de las iglesias solamente habría misas los domingos.
 Según Francisco es en la celebración de la Eucaristía donde el creyente aprende el significado del valor salvador de la cruz de Jesús y de su muerte redentora. Ahí se le revela qué significa eso de murió por nosotros. En la Eucaristía se revela la cruz y por eso el Hermano Menor celebra la Eucaristía en el modo y sentir de la fe de la Iglesia que garantiza la verdad de su descubrimiento del sentido de la cruz de Jesús en su vida.


El encuentro con el leproso
El famoso episodio del beso al leproso es contado por cuatro de las más primitivas fuentes hagiográficas: TC11, 1C17, 2C9 y  LM 1,5 lo que evidencia la importancia de este encuentro en la historia de conversión de Francisco. El hecho del beso al leproso se presenta como un elemento extrínseco decisivo de una transformación interior. Fue ahí donde experimentó el poder de Dios. Francisco se deja atrapar por la existencia pobre y humilde de Cristo que se convierte en la principal motivación para vivir por y en función de los leprosos. La pobreza y el acercamiento de Francisco a los pobres surge en conformidad con el Cristo pobre que aparece en el evangelio. Esta es la razón por la que los hermanos deben gozarse cuando convivan con gente de baja condición (1R9,2).






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