martes, 3 de noviembre de 2015

EL PROCESO VOCACIONAL DE FRANCISCO EN EL TESTAMENTO




A raíz de los numerosos estudios realizados sobre el contenido del testamento, se distinguen en él tres partes bien diferenciadas. En la primera parte Francisco evoca los inicios de su conversión así como los orígenes de la Orden. La segunda parte consta de exhortaciones y de amonestaciones en las cuales invita a los hermanos a perseverar. En la tercera parte, llamada de las bendiciones, Francisco invoca tanto su bendición como la de Dios para cuantos observen el Testamento.



El testamento de San Francisco, según el esquema de los discursos de despedida, parte de sus recuerdos personales para pasar inmediatamente a recordar la vida evangélica vivida por los primeros hermanos. Aunque a lo largo del Testamento existen referencias, más o menos explícitas sobre el proceso vocacional de Francisco, es en los primeros versículos del testamento (1-13) donde se recoge de un modo sintético su proceso de conversión y cambio de vida.
En estos versículos se explicitan las escenas principales en las que Francisco supo encontrar la presencia de Dios y que acaecieron durante los primeros años de su camino vocacional. No se puede perder de vista que el proceso de conversión duró cuatro largos años, y es que suele ocurrir que los acontecimientos más decisivos de la existencia humana ocurren siempre con simplicidad pero son el fruto de un largo período de incubación interior en el cual existen etapas intermedias que sirven como preludio. A pesar de que cuando escribe el Testamento han pasado 20 años, Francisco sigue teniendo plena conciencia de lo que aquellos encuentros significaron.
En este trabajo he decidido comentar, por orden de aparición, las escenas que aparecen en el testamento y que tienen relación directa con el proceso vocacional de Francisco. He decidido centrarme exclusivamente en el Testamento sin mencionar otros acontecimientos que, pese a ser fundamentales en  su conversión, no aparecen citados en el mismo.


Test 1              El Señor me dió a mí...

Francisco atribuye su cambio de vida a la divina inspiración: todo es gracia de Dios. A lo largo de todo el Testamento se repite como un estribillo la confesión El Señor me dió, El Señor me reveló. El modo de revelación no consiste en ningún método sobrenatural sino que, como confirman personal­mente sus biógrafos, es en la escucha y lectura del Evangelio donde Francisco encontró las palabras que dieron orien­tación y contenido a su vida. De hecho, y una vez convertido, fue en el monasterio benedictino del Subasio al proclamar el Evangelio donde Francisco encontró la voluntad de Dios: id y predicad por todo el mundo. No llevéis dinero, ni bolsa ni provisiones...
Bajo esta óptica se entienden las numerosas citas bíblicas que aparecen continuamente  en los escritos. Todas ellas ponen de manifiesto que el fundamento de la salida del mundo por parte de Francisco no reside prioritariamente en motivaciones de reforma social o política. El impulso provenía del Evangelio o según Francisco, del mismo Señor. Lo cual no excluye, por otra parte, que las relaciones sociales y los fuertes contrastes vividos en Asís le hicieran particularmente sensible para captar y acoger la llamada pro­veniente del Evangelio.



Test 1              ...pues como estaba en pecado...

Francisco distingue claramente dos períodos bastante contrapuestos en su vida. En el primer período estaba en pecados mientras que en el segundo salí del mundo. En el intermedio hay una intervención directa de Dios el Señor mismo me llevó en medio de ellos que, a través del contacto con los leprosos, le lleva por caminos naturalmente incomprensibles al segundo período de su vida. La experiencia de Francisco hay que interpretarla en el sentido de una conversión real y radical de una vida pecadora a una vida religiosa.


Test 1              ...el comenzar a hacer penitencia...

Hacer penitencia no puede entenderse más que en el sentido usual del lenguaje de entonces, es decir, en el sentido de llevar una vida cristiana auténtica tras haber roto con la vida anterior. No se trata de algo puntual sino que engloba todos los aspectos de la vida. Para Francisco la conversión significa pasar de la vida en pecados a la vida de hacer penitencia. Y como fruto de esta vida en penitencia lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo.


Test 1              ...me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos...

Lo primero en la conversión de Francisco no lo constituyó el descubrimiento de la pobreza. Lo primero y principal fue el descubrimiento de los pobres. El servicio a los leprosos desempeña un papel fundamental en la historia de conversión.
Cuentan las biografías el profundo horror que sentía Francisco por los leprosos. El hecho del beso al leproso se presenta como un elemento extrínseco decisivo de una transformación interior. Fue ahí donde experimentó el poder de Dios. Pocos días después, visitó el hospital de los leprosos y desde entonces acompañó con fre­cuencia a los enfermos en las leproserías de las afueras de la ciudad. Y precisamente por eso considera de tanto valor este humilde servicio que lo añoró al final de su vida.
Francisco no sólo vive como ellos sino con ellos y además, como se dice en 1R9,2 deben gozarse cuando convivan con gente de baja condición.
Vivir con los marginados exige al mismo tiempo una vida itinerante. El abandono de las posesiones y de una posición social a favor de quienes no tienen oficio ni beneficio se complementa positivamente con las consignas evangélicas que desde los tiempos de la Iglesia primitiva eran un contrapeso frente a la situación de la Iglesia socialmente organizada y asentada.




Test 3              ...después de un poco de tiempo salí del siglo...

La expresión salí del mundo expresa fundamentalmente la nueva concepción que tiene Francisco de la vida entendiéndola en antítesis con la vida del mundo. La expresión aparece también repetidamente en el resto de escritos (p.ej. 1R 2, 15, 1R8,10, 2CtaF1,31, 2CtaF85,...)
Como fruto de sus vivencias con los leprosos, se produce en él una inversión en el orden de valores, le sigue un breve período de reflexión y, poco después, la salida del siglo, del mundo. Esta expresión no hay que entenderla como devaluación de este mundo en el sentido de que Francisco se retirara del mundo recluyéndose en un convento. Lo que se opone a siglo no es claustro sino la penitencia, y ésta ha de ser vivida por los hermanos menores en medio de los hombres.
Pero si hay que evitar el equiparar la salida del mundo de Francisco con una retirada al interior del claustro, también es necesario prevenirse contra una falsa espiritualización del mismo. Las fuentes primitivas la describen como una espectacular ruptura con su padre y como una denuncia a todo ese tipo de seguridades tanto eclesiales como sociales. La ruptura con Asís, la carencia de domicilio y de posesiones, la alternancia de la predicación itinerante con el retiro en los eremitorios demuestran que la salida del mundo de Francisco fue una vigorosa, y al mismo tiempo dolorosa, renuncia de Francisco al mundo.
La salida del siglo fue en definitiva una opción por la vida de marginalidad. Esta elección consciente de vivir fuera de las normas aceptadas socialmente atrajeron a otra gente, pero lo que caracterizaba al principio a este grupo era la marginalidad.



Test 5              Te adoramos Señor Jesucristo pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Tras la experiencia con el leproso, transformado interiormente e identificado con la indigencia de los marginados, escucha al Crucifijo de San Damián hablarle con un nuevo lenguaje. En la capilla de San Damián tiene la principal experiencia vocacional. El Crucifijo le habla de un modo totalmente nuevo, revelándole los rasgos del rostro de Dios que recuerdan a los leprosos. Descubre al Dios cruci­ficado. Como recoge la leyenda de los tres compañeros desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús (TC 14).  A partir de este momento, toda su vida trata de ser una identificación con la vida de Cristo, tratando de compartir los sufrimientos de Cristo y los sufrimientos del mundo. La identificación plena con el Crucificado tuvo su punto culminante en el Alverna donde recibió la estigmatización.


Test 5              ...en todas tus iglesias...
Test6               ...tanta fe en los sacerdotes...
Test 10                        ...sino su santísimo Cuerpo y su santísima Sangre...

La nueva elección de vida le hace ver con los ojos de la fe las distintas realidades eclesiales que lo rodean. Es en esta línea donde hay que enmarcar su amor a las Iglesias, a los sacerdotes que viven según la fe de la Iglesia romana ejerciendo de las formas más variadas su ministerio, a la Eucaristía, a la Palabra de Dios y a aquellos que la proclaman y explican.



Bibliografía
Garrido J. et. al, Los escritos de Francisco y Clara de Asís, Editorial Franciscana Aranzazu, 2002.
Caroli E., Dizionario Francescano , Edizioni Messaggero Padova, 1983.
Esser K., El testamento de San Francisco de Asís, Editorial Franciscana Aranzazu, 1981.

Aizpurúa F., El camino de Francisco de Asís, Editoral Asís, 1991.

LA EXPERIENCIA FUNDANTE EN SAN FRANCISCO EN LAS BIOGRAFÍAS




Podemos afirmar que Jesucristo pobre y humilde es la experiencia fundante en la vida de Francisco. Como es lógico, no se trata de una experiencia adquirida de forma súbita sino que presupone un complejo proceso de maduración a lo largo de los años. Ya en el trabajo anterior, en el que se profundizó en su proceso de conversión mediante las principales experiencias que lo configuraron y que aparecen en el Testamento, se intuían los rasgos de esta experiencia fundante. En este trabajo trataremos de profundizar un poco más es esta experiencia fundante.

En los escritos la experiencia de Francisco se puede resumir en el Amor divino y sublime que en el Hijo se ha dignado a bajar, hacerse poca cosa, humildad y minoridad. Sólo desde la óptica del amor se puede entender a un Dios que se despoja humildemente de todo para darse más plenamente. Ante esta experiencia, la vida de Francisco trató de ser adhesión absoluta y constante al Jesús del Evangelio. Y fue precisamente en la escucha y lectura del Evangelio donde Francisco encontró las palabras que dieron orien­tación y contenido a su vida.

A Francisco le sorprende como Jesucristo, a pesar de ser el Señor glorioso:

·         se encarna en nuestra condición humana de modo pobre, mendigo y extranjero,

·         se humilla radicalmente en la cruz demostrando un vaciamiento de la propia voluntad en favor de la voluntad salvadora del Padre a favor de los hombres,

·         se sigue presentando y ofreciendo a los hombres a lo largo de los siglos, en forma humilde, pobre y fracasado: en su Palabra, en su Iglesia, en sus sacerdotes, incluso en aquellos más incultos e indignos, en la humildad y sencillez de las especies eucarísticas,

·         se identifica en la persona del pobre.

Aunque no sólo, especialmente en estos tres lugares, Francisco capta, admira y se siente atraído a corresponder sin reservas al Dios que se manifiesta en la caridad, pero en la forma, y bajo la apariencia de la humildad, de la pobreza, del vaciamiento total de todo derecho, grandeza y gloria, en la impotencia.
De la persona de Cristo, Francisco capta inmediatamente la pobreza entendida como abajamiento y anonadamiento. Esta pobreza de Dios, es asumida por Francisco como motivación para la elección de la pobreza radical, para él mismo y para sus seguidores. La pobreza que propone Francisco está en conformidad con Cristo pobre y surge como respuesta radical al amor sin reservas de Dios.


La cueva de Greccio

Francisco ve, admira y se deja atrapar por el amor divino pobre y humilde manifestado en la gruta de Belén representada en Greccio. El hecho de la encarnación de Jesús cobra sentido y relieve en todo el redescubrimiento que Francisco ha hecho del valor cristiano de la humanidad de Jesús. La encarnación para Francisco, antes que gozo y fiesta, es la confirmación de que la pobreza ha sido el camino de Jesús desde el principio, y por tanto, la norma única del Hermano Menor. Pobreza que es unión con la cruz, ya que nacimiento y muerte del Señor son las dos caras de una misma realidad.
En las biografías el relato más característico es el de 1C84 en el que se narra el episodio del pesebre preparado el día de Navidad en Greccio. Además del hecho en sí, creo que es importante no olvidar la proximidad del suceso (a finales de 1223) con el hecho de las llagas en el Alverna (1224). Es decir, Greccio supuso para Francisco una síntesis perfecta del misterio de la cruz.
La escenificación de Greccio deja bien claro el valor cristiano de esa humanidad salvadora de Jesús. En Greccio se descubre cómo comprende al Jesús que ha seguido en toda su vida: pobre rey, pobre ciudad, niño inválido. El nacimiento de Jesús se convierte en misterio de pobreza.
De un modo más sistemático narra 2C199 el estilo franciscano de la Navidad conjugando lo festivo con la penuria y pobreza que ha envuelto el nacimiento de Jesús. Con facilidad deri­va el autor en una alabanza a la pobreza cuando describe ese entrañable suceso de Francisco comiendo tierra y con lágri­mas en los ojos al recordar la penuria total de Jesús y de la Virgen.
Algo más legendario es el pasaje de EP 114 (LP 14) en el que el Santo manifiesta el deseo de que a las alondras no les falte el grano el día solemne de la Navidad del Señor. Vuelve el tema de la pobreza y el gozo que da un despojo salvador.
Vivir el misterio de la Palabra hecha hombre al estilo de Francisco es vibrar por la humanidad salvadora de Jesús en el gesto prometedor y entrañable de su comienzo histórico. Este comienzo cobra su sentido desde la óptica de la cruz, momento supremo de la historia salvadora del Señor. Desde ese despojo se entiende la po­breza concreta del momento del nacimiento, pobreza que al ser captada como camino salvador de Jesús es también para el creyente algo válido y fecundo hasta provocar un gozo que pueda ser celebrado en la liturgia y en gestos festivos.
Así comprende Francisco la humanidad de Jesús, su hecho salvador. Como algo que ha tenido comienzo en la historia y de cuya comprensión depende mucho el estilo de vida que uno pretende llevar.


La experiencia de la cruz


Es en la experiencia de la cruz donde la vida de Franciso toca fondo. La cruz es para Francisco punto de partida y meta. No en vano escribe Celano:  Sé a Cristo pobre y crucificado (2C 105).
El diálogo de Francisco con la imagen de Cristo en san Damián (TC 13) tuvo lugar cuando Francisco estaba sumido en plena crisis de identidad. Ya había tenido su contacto con los leprosos, experiencia que había constituido la base de su ruptura con la familia y con su medio ambiente social. Sin embargo, esta opción decidida por el hombre pobre encuentra una confir­mación en el sentido de la cruz del Señor. En la cruz sintió como el dolor de Cristo explicaba, esclarecía y daba sentido a todos los otros dolores de los hombres. Su conversión adquiría de ese modo el valor de algo más que un simple gesto de caridad, el valor de una opción de fe. A partir de este momento toda su vida trata de ser una plena identificación con el Cristo crucificado.
Cuando al final de su vida, en septiembre de 1224, se retiró a al Alverna nos encontramos con un Francisco enfermo y profundamente preocupado por los derroteros que está tomando la Orden y que él ni compartía ni podía controlar ya. Si toda su vida pretendió ser una identificación con Jesucristo pobre y crucificado, no es de extrañar que fuese en esta situación de tanta limitación cuando recibiese en su cuerpo las llagas de Jesús (TC 69). Nos encontramos con la cima de un proceso singular de meditación, imitación y vivencia de la fe en la pasión y cruz de Jesús.
Aunque es en el oficio de pasión donde, por medio de un cosido de citas sálmicas, se refiere de modo directo a la cruz y a su misterio salvífico, la oración Te adoramos Señor Jesucristo... es, según mi opinión, la que mejor recoge la experiencia de la cruz. Si bien es cierto que pudo inspirarse en una antífona litúrgica, él la personaliza de tal manera que adora en el signo de todas las iglesias que ve el signo definitivo de la salvación: la Cruz del Señor. Ahí se resume todo como si de una pequeña catequesis se tratase. Mucho ha debido de calar en el corazón de los hermanos esta oración de Francisco cuando hoy en día aún comenzamos nuestras oraciones con ella.


La Eucaristía


        La humillación del Hijo del Hombre se actualiza cada día en el Sacramento de la Eucaristía. Teniendo en cuenta los puntos anteriores es fácil deducir que Francisco quisiera anclar su nueva vida evangélica y la de sus hermanos en el misterio eucarístico.
En una época donde la Eucaristía estaba muy devaluada, Francisco valoró la Eucaristía en primer lugar participando de la Eucaristía y en segundo lugar escribiendo las llamadas cartas eucarísticas. Efectivamente, la importancia de la Eucaristía para Francisco se ve cuando todos los grandes momentos de su vida han estado cercanos y enmarcados en la Eucaristía: su conversión (lC22), la conversión de sus primeros compañeros (lC24), el misterio de la encarnación en Greccio (lC84). Comulgaba con frecuencia en un ambiente que no favorecía la participación (2C201) y teniendo en cuenta que en la mayoría de las iglesias solamente habría misas los domingos.
 Según Francisco es en la celebración de la Eucaristía donde el creyente aprende el significado del valor salvador de la cruz de Jesús y de su muerte redentora. Ahí se le revela qué significa eso de murió por nosotros. En la Eucaristía se revela la cruz y por eso el Hermano Menor celebra la Eucaristía en el modo y sentir de la fe de la Iglesia que garantiza la verdad de su descubrimiento del sentido de la cruz de Jesús en su vida.


El encuentro con el leproso
El famoso episodio del beso al leproso es contado por cuatro de las más primitivas fuentes hagiográficas: TC11, 1C17, 2C9 y  LM 1,5 lo que evidencia la importancia de este encuentro en la historia de conversión de Francisco. El hecho del beso al leproso se presenta como un elemento extrínseco decisivo de una transformación interior. Fue ahí donde experimentó el poder de Dios. Francisco se deja atrapar por la existencia pobre y humilde de Cristo que se convierte en la principal motivación para vivir por y en función de los leprosos. La pobreza y el acercamiento de Francisco a los pobres surge en conformidad con el Cristo pobre que aparece en el evangelio. Esta es la razón por la que los hermanos deben gozarse cuando convivan con gente de baja condición (1R9,2).






TRÁNSITO DE FRANCISCO






Un día como hoy, pero de 1226, moría san Francisco en la pequeña ermita de la Porciúncula, cerca de Asís. Por eso, la familia franciscana celebra cada 3 de octubre el Tránsito de San Francisco. Los últimos años de su vida, especialmente desde que recibió la impresión de las llagas de Cristo en el Monte Alverna, fueron dolorosos y llenos de sufrimiento. Su cuerpo, llagado y enfermo, era la viva imagen de un crucificado amenazado de resurrección. Se fue desnudo, con la sabiduría de un pobre, besando la tierra y bendiciendo la vida. Hoy queremos acercarnos a este hombre de Dios en su encuentro con el Crucificado para descubrir en la Cruz el amor del Padre y la fidelidad del Hijo.

Cuando entra en la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís, y camina por la nave central, el peregrino descubre a un lado pinturas de la vida de Jesús y, frente a ellas, escenas de la vida de Francisco. Algo así como si el santo reflejara en su vida los rasgos de Cristo: de hecho, sus biógrafos le describen como “otro Cristo”. Avanzando hacia el crucero de la basílica, uno levanta la vista y contempla encima del altar las alegorías de la pobreza, la castidad y la obediencia, y a Francisco glorioso vestido con una preciosa dalmática de diácono, de servidor. Girando la vista a derecha e izquierda, en los dos brazos de la cruz que forma la planta de la basílica, hay escenas del nacimiento de Jesús y de la Crucifixión, justo los dos pilares que aguantan la espiritualidad evangélica de Francisco: la ternura de Belén y el amor hasta el extremo de la Cruz. De hecho, cuando Francisco dice que lo que él quiere es seguir a Jesús, siempre añade dos adjetivos: pobre y crucificado, y con ellos alude a esos dos momentos de la vida de Jesús donde el amor de Dios se ha hecho vida: Jesús nace pobre en Belén y es crucificado en el Gólgota.

Hoy vamos a detenernos en el encuentro de Francisco con el Crucificado. No nos puede pasar desapercibido que al principio y al final de la vida de Francisco hay una relación directa con el Crucificado. Me estoy refiriendo al diálogo de Francisco con el Cristo bizantino de San Damián, en el comienzo de su proceso de conversión, y la impresión de las llagas en el Monte Alverna, un episodio que tuvo lugar tan sólo dos años antes de su muerte. En los dos hay una presencia explícita del Crucificado, como si la experiencia de Jesús que tiene Francisco estuviera asociada a la cruz de modo ineludible. La primera y la última imagen que tiene Francisco de Jesús es la de un Crucificado.

Sin embargo, a juzgar por sus biógrafos, sería injusto decir que la presencia del Crucificado en la vida de Francisco se limita a estos dos episodios del comienzo y del final de su vida de seguimiento de Jesús. Es más, el encuentro con el leproso y el encuentro con el Crucificado están unidos no sólo en la intención sino también en el tiempo. Después de narrar el encuentro de Francisco con el leproso en las cercanías de Asís, su biógrafo san Buenaventura hace referencia en la Leyenda Mayor a un primer encuentro con Cristo. Textualmente dice que “mientras un día oraba totalmente aislado y debido al gran fervor en que estaba absorto en Dios, se le apareció Cristo Jesús como un crucificado. A su vista quedó su alma derretida y el recuerdo de la pasión de Cristo se imprimió de tal manera en lo más íntimo de su corazón que, desde aquel momento, cuando le venía a la memoria la crucifixión de Cristo, con dificultad podía contener externamente las lágrimas y los gemidos, como él mismo más tarde lo declaró confidencialmente, cuando se acercaba a la muerte”. Con este testimonio de san Buenaventura, no cabe duda de que la imagen de Cristo que tenía Francisco era la de un Crucificado y que, como san Pablo, pudo decir abiertamente que conocía a Cristo “y éste crucificado”. Por eso, no es extraño que compusiera el llamado Oficio de la Pasión, una especie de salmodia con antífonas que los frailes rezaban en distintos momentos del día, evocando siempre la experiencia de Jesús en la cruz.

Ante esta presencia constante del Crucificado en la experiencia de fe y de seguimiento de Francisco, nos podemos preguntar qué vio el pobre de Asís en la cruz para que antes que en su cuerpo se le grabara en su corazón de hijo de Dios y hermano de Jesús. Teniendo en cuenta sus escritos y los datos que nos ofrecen sus biógrafos, intuyo que Francisco tuvo al menos dos experiencias fundantes en la contemplación de la imagen del Crucificado.

En primer lugar, creo que, viendo a Jesús colgado de un madero, pudo decir con un lenguaje de hoy: ‘aquí se ha amado mucho’, ‘en la cruz hay mucho amor’. Imagino que, fijos los ojos en el Crucificado, la oración de Francisco evocaría una y otra vez, como una especie de mantra, esas frases bíblicas que lo dicen todo, si somos capaces de oír: “Cristo murió por nosotros”, “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”. Francisco entendió que el “tanto” no se refería a la cantidad de amor, sino a la calidad de ese amor. En definitiva, llegó a la conclusión, desde las razones del corazón, de que nunca habíamos sido amados así, de esa manera, con esa calidad de amor.

Y porque nadie antes nos había demostrado tanto amor, Francisco entendió que la vida sólo podía ser seguimiento, que la respuesta al amor no era el ensimismamiento o la indiferencia sino la entrega de la voluntad. Y esto no como deducción espiritual de alto nivel o teología elaborada al final de su vida, sino desde el comienzo mismo de su conversión. Francisco pregunta al Cristo de San Damián sobre el querer de su Señor para su vida, la voz interior del Crucificado le responde que repare su Iglesia y el joven juglar se pone manos a la obra, como el que descubre que un mandato pedido por un amor crucificado no podía esperar mucho tiempo para ser ejecutado. Seguir a Jesús, cumplir su voluntad fue en Francisco una decisión que no puede separarse de su experiencia de Cristo Crucificado.

Y, en segundo lugar, pienso que mirando al Crucificado, Francisco entendió que la vida sólo se puede vivir como obediencia, porque Jesús fue “obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. Vivir la existencia en clave de obediencia no quiere decir cumplir una orden caprichosa, obedecer unos mandatos arbitrarios y someterse a unos preceptos externos. La obediencia evangélica no es sumisión sino experiencia de libertad. Vivir la vida en clave de obediencia significa no tanto aceptar lo que nos viene encima sino más bien acoger la existencia como es, en sus luces y sus sombras, asumir que la realidad muchas veces es mostrenca e hiriente, pero que es una realidad habitada por Dios o, por lo menos, donde Dios también ha puesto su morada, aunque a simple vista no lo parezca.

A esa obediencia, que es el otro nombre de la verdad y de la libertad, sólo se llega desde el sufrimiento, y quien piense lo contrario y espere otra cosa se equivoca, perdido en atajos nada evangélicos. Así ocurrió en Jesús, que, según el autor de la Carta a los Hebreos, “aprendió sufriendo a obedecer”, y así sucede en sus discípulos, incluso los más aventajados como Francisco, porque aquí tampoco “el discípulo es más que el maestro”. Esto es tarea de toda una vida, pero no hay que perder el ánimo si queremos estar en el camino evangélico. Por poner sólo un ejemplo, los últimos años de la vida de Francisco son un testimonio elocuente de este aprendizaje al que sólo se llega por el sufrimiento, no masoquista ni mercantil sino liberador y sanador de todas nuestras mentiras y falsas seguridades. Cuando la familia que él fundó se hizo numerosa y se le iba de las manos, creyó que la orden era obra suya y no don de Dios. Hasta que comprendió que él no era padre de nadie sino hijo obediente de Dios, al igual que sus hermanos, tuvo que atravesar el sufrimiento de la posesión y el dolor de la desapropiación. Sólo cuando quemó el yo con sus máscaras y esclavitudes pudo gritar con libertad: “Dios es y eso basta”. No es fácil vivir en actitud de obediencia, precisamente porque vivir es difícil y todos los días tienen su dosis de dolor, para unos más que para otros. Pero la obediencia como expresión de confianza en el Dios que está no fuera sino en el interior de lo que duele y hace sufrir, muchas veces por el sufrimiento que nosotros mismos ocasionamos a los otros, es una forma de acoger la realidad y de esperar la vida en la muerte.

Ojalá que a todo ello nos ayude Francisco en el día en que celebramos su tránsito. Que el encuentro hoy con el Crucificado sea una experiencia del amor del Padre y de la obediencia del Hijo, como lo fue en Francisco. Y que, precisamente por eso, nos preguntemos una y otra vez por donde se nos pierde, en nuestra vida personal y comunitaria, tanto don recibido y tanto amor entregado en Cristo pobre y crucificado.








EL JUGLAR DE DIOS





Salomé Adroher Biosca
FRANCISCO DE ASÍS:
EL SANTO JUGLAR DE DIOS

TEATRO PARA NIÑOS

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FRANCISCO DE ASÍS:
EL SANTO JUGLAR DE DIOS
Personajes:
El joven Francisco
El Hermano Francisco
Pedro Bernardón
Doña Pica
Hermano León
Hermano Pedro
Hermano Gil
Hermano Juan
Pobre mendigo
Bernardo el trovador
Leproso
Don Guido el obispo
Papa Inocencio III
Santa Clara
Compañera de Santa Clara
Campesino
Lobo
Oveja
Golondrinas
Sol
Luna
Estrellas
Viento
Aire
Agua
Fuego
Tierra

PRIMER ACTO
NACIMIENTO Y PRIMERA JUVENTUD DE FRANCISCO
Aparece solo en la escena el hermano León.
HERMANO LEÓN
Paz y Bien en esta casa,
buenas tardes nos dé Dios.
Voy a contarles la historia
de un juglar que un día mudó
en túnica su rica capa,
sus cantos en oración.
Mas, antes de dar comienzo
a esta hermosa narración,
yo me presento ante ustedes:
soy el hermano León.
Aparecen en la escena Pedro Bernardón y Doña Pica con un bebé en brazos.
Hace muchísimos años,
en Asís un día nació
un niñito hijo de Pica
y de Pedro Bernardón.
Su padre, gran comerciante
y muy rico vendedor,
amasaba su riqueza
con una gran ambición.
Su madre, muy bondadosa,
al nacer, Juan le llamó,
pero su padre este nombre
por Francisco le cambió
pues de Francia eran las telas
que él vendía con tesón.
Pica deja el bebé tras el escenario y trae de la mano al joven Francisco vestido de juglar.
Poco a poco fue creciendo,
a leer y a escribir aprendió,
pero enseguida su padre,
cuando fue un poco mayor,
en su tienda y sus negocios
a Francisco dedicó.
Resultó ser ingenioso
y ser un gran vendedor,
y su padre orgulloso
vio en él a un sucesor.
Pero si el padre era avaro,
el hijo despilfarrador,
alegre y desenfadado,
bullicioso y gastador,
si bien ya en aquel tiempo
con un muy gran corazón.
Se retiran los padres y Francisco se queda solo frente a la mesa del mostrador de la tienda. Entra un mendigo con un platillo y dos monedas.
Una tarde de verano,
apostado en el mostrador,
entró de pronto en la tienda
un mendigo que gimió:
MENDIGO
Déme usted una limosnita,
déme, por amor de Dios,
soy pobre y menesteroso,
déme, mi buen vendedor.
HERMANO LEÓN
Y Francisco le miraba,
pero apenas si lo vio
y siguió con su faena
sin prestarle la atención.
Cuando el pobre ya se iba
sintió una voz interior
que le decía: "Francisco,
Francisco, soy tu Señor,
en mi nombre te ha pedido,
¡dále al menos un doblón!"
Francisco sale corriendo tras el pobre que se aleja y le extiende la mano con una bolsa llena de monedas.
FRANCISCO
Hermano, hermano, aguarda,
espérame, por favor,
aquí tienes esta bolsa
y te ruego tu perdón
por no haber visto tu mano
implorando compasión.
El mendigo sale de la escena y va entrando en ella Bernardo el trovador.
HERMANO LEÓN
Y Francisco se fue abriendo
de bolsa y de corazón
a este mundo de los pobres
que veía alrededor.
Pero a la vez, como joven,
disfrutaba con pasión
de chanzas y correrías
y de amigos con ardor.
FRANCISCO
Yo soy el juglar Francisco,
el canto es mi afición,
en farándulas y fiestas
y en las noches de rondón.
BERNARDO
Yo soy su amigo Bernardo
y mi oficio es trovador,
compongo preciosos versos
y romanzas del amor.
Francisco coge un vaso en la mano y le da otro a Bernardo.
FRANCISCO
Vamos Bernardo, ¿te vienes?
¡A beber invito yo!
BERNARDO
¡Esto está hecho, mi amigo!
¡Entonces que sean dos!
Pero ¿y esa capa nueva
que reluce más que el sol?
FRANCISCO
Es de un brocado de seda
que el mes pasado llegó.
¡Va a deslumbrar a las mozas,
mi querido trovador!
Desaparecen de la escena Francisco y Bernardo y entra el hermano Pedro.
HERMANO PEDRO
Y así entre chanzas y fiestas
sus mocedades pasó,
y en la tienda de su padre
la prosperidad creció;
¡era tal la simpatía
de este joven vendedor!
Mas ¿tal vez no me conocen?
Soy el nuevo narrador,
mi nombre es hermano Pedro,
Paz y Bien estén con vos.
Entra en escena Francisco vestido de caballero.
Sucedió en aquellos años
una guerra de traición
entre Perusa y Asís,
y allí marchó con ardor
nuestro querido Francisco,
caballero con honor.
Mas, le prendieron cautivo
por un año, casi dos,
y al liberarle, a su casa
regresó con postración,
enfermo y debilitado
y doblado del dolor.
Su madre le dio cuidados
y buena alimentación
y poco a poco a su cuerpo
retornó presto el vigor.
Mas esos meses de cama
transformaron su interior,
las fiestas no le llamaban,
ni el dinero, ni el fulgor,
sueños de cambiar el mundo
bullían en su interior.
Y se alistó caballero
para luchar con pasión
por las tierras del papado
con gallardía y honor.
Mas tuvo una noche un sueño
y oyó una voz que le habló:
¿Adónde vas tú, Francisco?
FRANCISCO
A servir a mi señor.
HERMANO PEDRO
Pues al Señor abandonas
por un vasallo.
FRANCISCO
¡Señor!
¿Y Tú qué quieres que haga?
HERMANO PEDRO
Vuelve a Asís sin dilación,
allí te mostraré mis planes
a ti, mi buen trovador.
FRANCISCO
Otra vez de vuelta a casa,
mas ya no siento pasión
por acumular riquezas
y disfrutar del calor
de las fiestas y algazaras.
Y los pobres, ¡ay Señor!,
siento en mí una llamada
a entregarme por su amor.
Y a ratos siento el silencio
que se crece en mi interior
y mi alma que se eleva
como incienso en oración
buscando el signo que espero
me mande mi buen Señor.
Mas ¿qué veo a lo lejos?
¡Un leproso! ¡Ay qué horror!
Siempre me dan repugnancia
con sus harapos y hedor.
LEPROSO
Piedad, mi buen caballero,
la enfermedad me llagó,
déme siquiera un mendrugo,
déme por amor de Dios.
HERMANO PEDRO
Y Francisco de repente
sintió fuerte en su interior
una llamada muy clara:
de su caballo bajó
y en su cara y sus manos
de besos él le colmó,
y después una limosna
cuantiosa depositó
en el cuenquito del pobre
que asombrado se quedó.
Como a San Pablo de Tarso
del caballo le tiró
el Señor para mostrarle
el camino de su amor.

SEGUNDO ACTO
LA CONVERSIÓN DE FRANCISCO
HERMANO GIL
Yo me presento ante ustedes
y prosigo este relato.
Paz y Bien en esta casa,
hermano Gil yo me llamo.
El cambio que dio Francisco
tras besar al desahuciado
fue cada vez más patente
y a todos fue preocupando.
Ya no vestía con lujos,
casi, casi con harapos.
A los pobres repartía
a manos llenas ducados.
Buscaba la soledad
se evadía a cada rato
y en oración y silencio
se lo encontraban rezando.
Una tarde en San Damián,
una capilla en el campo,
se arrodilló a los pies
del crucifijo sagrado.
Y oyó al Señor que decía:
"Mi casa se ha derrumbado.
¡Anda, Francisco, repara

éste que es mi templo santo!"
Y a reparar la capilla
se sintió pronto llamado,
y el dinero de la tienda
fue poco a poco menguando
pues Francisco lo empleaba
en arreglar el tejado,
las paredes y los suelos
las ventanas y el sagrario.
Entran en la escena Francisco, Doña Pica y Pedro Bernardón.
PEDRO BERNARDÓN
Hijo, ¿se puede saber
qué es lo que te está pasando?
¿No te interesa el negocio?
Estás triste y solitario,
y todos nuestros ahorros
sin más los estás gastando.
FRANCISCO
Los pobres los necesitan
y también el templo santo
del Señor que está cayendo
enterito en mil pedazos.
PEDRO BERNARDÓN
Pues ya está bien de dispendios,
¡todo esto se ha acabado!
En casa voy a encerrarte
para que pienses despacio
qué quieres tú de tu vida.
Y desde ahora, ¡encerrado!
HERMANO GIL
Y pasaron varios días
de este encierro obligado,
mas su madre Doña Pica
de Francisco se ha apiadado
y, aprovechando la ausencia
de su padre, lo ha soltado.
Francisco sale corriendo,
a San Damián ha llegado
y se pone de rodillas
ante el crucificado.
Allí lo encuentra su padre
que al volver se ha indignado
con Doña Pica y su hijo,
Francisco, "el iluminado".
PEDRO BERNARDÓN
Me has desobedecido
y además dilapidado
la fortuna familiar,
y con ello has deshonrado
el buen nombre de esta casa,
y debes ser expulsado
de tu hogar, y de tu herencia
debes ser desheredado.
Vayamos ante el obispo
Don Guido, ante él vayamos.
Entra en la escena Don Guido el obispo.
DON GUIDO
¿Qué os trae, buenos burgueses,
ante mí, de Dios prelado?
PEDRO BERNARDÓN
Aquí traigo, su vuecencia,
a mi hijo, el descastado:
los ahorros que teníamos
sin permiso ha gastado.
Francisco toma la palabra y mientras habla tiende a su padre una bolsa repleta de monedas, y se va quitando la capa y la túnica hasta quedar en calzones. En ese momento Don Guido le cubre con un hábito franciscano.
FRANCISCO
Aquí tiene, señor padre,
en esta bolsa de mano,
todo el dinero que vuestro
yo un día tomé prestado
para auxiliar a los pobres
y a los desheredados.
Mas también mi vestimenta
a vos la debo y por tanto
a vos hoy os la retorno
y con ello hoy proclamo:
Hasta ahora yo os llamaba
padre a vos, más ya no os llamo,
y en su lugar, Padre nuestro
nombraré al que está en lo alto.
Desaparecen Don Guido, Pica y Pedro Bernardón, y regresa el hermano Gil mientras Francisco se arrodilla frente al altar de la Porciúncula.
HERMANO GIL
Tras romper con su familia
Francisco siguió buscando
la voluntad que el Señor
le iba a ir mostrando.
Y una mañana muy clara
en la Porciúncula orando
escuchó en el evangelio
un muy divino mandato:
Curad a los enfermos,
a los leprosos limpiadlos,
anunciad el evangelio
a los fieles y paganos.
No os procuréis oro o plata,
y no caminéis con fardos,
sin alforjas, sin bastones.
¡Sed pobres y sed hermanos!
FRANCISCO
He escuchado tu palabra,
¡Por fin yo la he escuchado!
No me quieres albañil
de iglesias ni campanarios.
Que reconstruya tu Iglesia,
ésta tu iglesia de hermanos:
¡esto es lo que tú nos pides
a mí y a mis franciscanos!

TERCER ACTO
EL HERMANO FRANCISCO Y SUS COMPAÑEROS
Aparecen en escena los hermanos León, Pedro, Gil y Juan con San Francisco y el papa Inocencio III.
HERMANO JUAN
Yo soy el hermano Juan,
para todos Paz y Bien,
soy hermano franciscano
como ustedes pueden ver.
Tras sentir que su misión
el Señor dio a conocer,
Francisco fue predicando
su palabra por doquier.
Poco a poco al escucharle
otros fuimos en pos de él
y comenzó la familia,
esta familia, a crecer.
Cuando llegamos a doce
a Roma fuimos a ver,
a que aprobara la Orden,
al papa Inocencio III
que nos dio su bendición
y nos dijo "Paz y Bien":
PAPA INOCENCIO III
Sois una Orden muy rara,
las riquezas no queréis,
ni los grandes monasterios
con criados y con grey.
Tampoco sois de clausura,
aunque a diario recéis,
y ni un abad ni un prior
entre vosotros tenéis.
Proclamar el evangelio
por los caminos habéis,
y auxiliar a los pobres
y a los leprosos también.
Os llamaré mendicantes,
mi aprobación la tenéis,
vuestro ejemplo en nuestra Iglesia
hará un enorme bien.
El papa se retira y aparece santa Clara vestida de dama junto con otra dama. Al final de la intervención del Hermano Juan, se despojan de sus trajes y visten el hábito franciscano.
HERMANO JUAN
Así comenzó el camino,
y poco tiempo después
una noble y bella dama
quiso seguirlo también.
Clara tenía por nombre,
a Francisco quiso ver
y le rogó le acogiera
en su hermandad de bien.
Una noche, de su casa
se escapó hacia las 10
junto a otra compañera
para encontrase con él.
Se arrodillaron solemnes
en la Porciúncula, al pie
de aquel viejo crucifijo,
y se inclinaron con fe.
Con unas largas tijeras
su cabello de mujer
cortó muy presto Francisco
con dulzura y de una vez.
Después les tomó los votos
y les hizo guarecer
en un convento cercano
que les iba a proteger.
Salen las dos mujeres y aparece en la escena un campesino.
CAMPESINO
Perdonen, buenos hermanos,
¿es que acaso no sabéis
que por la noche este monte
transitarlo no debéis?
Desde hace meses, un lobo
merodea por doquier,
ha matado varios cerdos
e incluso ayer a un buey.
FRANCISCO
¿Un lobo? ¡Si es creatura
de nuestro Dios Emmanuel!
Presto me voy en su busca.
¡No temáis que volveré!
Se queda solo Francisco en la escena, y por un lado aparece el lobo que primero aúlla, pero al ver a Francisco haciendo la señal de la cruz baja mansamente la cabeza acercándose a él.
FRANCISCO
Ven aquí hermano lobo,
me debes obedecer,
en nombre de Dios escucha
en su nombre "Paz y Bien".
Dame tu pata derecha,
un trato vamos a hacer,
no volverás a matar
porque podrás ya comer
lo que esos campesinos
muy buenamente te den.
Aparece el campesino con un plato con comida de la que el lobo come y marchan los dos juntos en armonía.
Una vez han salido, aparece una ovejita en el escenario y entran los otros hermanos porque es hora de rezar. Se ponen todos de rodillas y la oveja también balando mientras ellos rezan.
HERMANO LEÓN
Mi buen hermano Francisco,
es la hora de oración,
mas esta oveja ha entrado
en el templo del Señor.
FRANCISCO
Ven conmigo hermana oveja,
símbolo de sencillez,
arrodíllate a mi lado,
pon bien juntitos los pies.
TODOS
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.
Todos se ponen de pie y se santiguan, y sale pacífica la oveja por un lado del escenario
FRANCISCO
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
En ese momento, aparece una bandada de golondrinas que llegan piando y revoloteando alrededor de los monjes. Francisco se dirige a ellas diciendo:
FRANCISCO
Mis hermanas golondrinas,
el Señor os ha vestido
con unas plumas tan lindas
y os da este aire tan limpio
por el que poder volar
casi, casi al infinito.
Alabad a vuestro Dios,
regaladle vuestro trino,
que de alegría cristiana
llenéis el cielo bendito.
Y las golondrinas comienzan a cantar trinos preciosos al Creador.
En ese momento aparece en el escenario el sol brillando con fuerza. Francisco se inclina de rodillas y, mientras va rezando y nombrándoles, aparecen en escena la luna, las estrellas, el viento, el aire, el agua, el fuego y la tierra.
FRANCISCO
Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.

Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.
En ese momento, el sol, las estrellas, el viento, el aire, el agua, el fuego y la tierra se ponen en círculo cogiéndose de la mano, y aparecen en el escenario uniéndose a ellos el lobo, la oveja y las golondrinas.
Delante de ellos se ponen los franciscanos con San Francisco en el medio, mientras el hermano León explica como moción final el carisma de la Orden.
HERMANO LEÓN
Así fue hermano Francisco
y todos los franciscanos,
incluso ante un lobo fiero
la paz siempre buscamos;
la sencillez de la oveja,
y la alegría del canto
de las pobres avecillas
que vuelan el cielo raso.
Amamos la naturaleza
que el Señor ha regalado,
pero en ella somos pobres
como los lirios del campo.


.

FRANCISCANOS SIEMPRE




FRANCISCO DE ASÍS, CONVERSO Y PENITENTE



A.- ITINERARIO DE CONVERSIÓN DE FRANCISCO

San Francisco comienza su testamento diciendo: “El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”.
Francisco, al final de sus días recuerda sólo lo esencial; los detalles se pierden en su memoria, no son importantes: lo esencial es lo que nos cuenta, el núcleo de su experiencia de conversión.
Nosotros podemos recurrir a sus biógrafos para recomponer los antecedentes. El encuentro con el leproso no lo realiza Francisco sin haber preparado antes su corazón. Recordemos en primer lugar cómo vivía y cómo era Francisco hasta el momento de su conversión. Sabemos que era un joven alegre, dispuesto a la fiesta, la música, la diversión, la bulla… un joven ambicioso, no conforme con pertenecer a la clase adinerada de su padre; un joven generoso, que todo hay que decirlo; con alardes de caballerosidad cuando podía alargar un puñado de monedas al necesitado; un joven sociable, que gustaba de la compañía de sus amigos y entre los que solía destacar por su capacidad de liderazgo; un joven con sensibilidad, a quien los detalles no pasaban desapercibidos…
Vemos pues a un Francisco con  unos rasgos humanos, con una forma concreta de ser. Y así mismo podemos echar una ojeada a sus circunstancias, a su historia personal, y entonces descubrimos al hijo de un mercader, educado como los mejores, hecho a un ambiente de comodidades , de lujo, acostumbrado a la elegancia, movido por los ideales de los jóvenes de su época: aspirante a caballero y por tanto dispuesto a demostrar su valor en el campo de batalla. Cuando comienza su conversión Francisco ya ha pasado por la experiencia de la guerra, de la cárcel y de la enfermedad.
Francisco empieza su conversión cuando abandona el ejército porque cae en la cuenta de que sólo un auténtico Señor puede dar más que cualquier señor feudal de los que había seguido hasta ese momento.
Poco a poco su generosidad deja de ser esporádica; ya no sólo asiste a quien le implora a cambio del “amor de Dios”, (episodio del mostrador…), sino que invita a los pobres a su mesa y gusta de su compañía. Es más, anhela experimentar qué es ser pobre y le cambia el sitio a uno de los muchos mendigos de Roma: cambia vestidos por harapos y estalla de alegría pidiendo limosna en francés, la lengua de su madre y en la que se expresa en los momentos de euforia.
Francisco ha ido respondiendo a la inspiración del Espíritu, no ha hecho oídos sordos al Espíritu y eso conduce sus pasos en una dirección cada vez más comprometida con la vivencia del evangelio.
El momento clave se da cuando, sin pretenderlo ni buscarlo, en un camino se le cruza el leproso. Francisco, hecho al refinamiento se ve tentado de reproducir su conducta habitual: dar un rodeo al oír la campanilla que todo leproso debía llevar para alertar de su presencia. Pero seguro que en la conciencia de Francisco resonó otra vez la inspiración del Espíritu con el recuerdo de las palabras de Jesús “lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hacéis”. Era la ocasión de ofrecer a Cristo la prueba decisiva de su disponibilidad para llegar a “conocer su voluntad”. Sabéis ya lo que pasó: baja del caballo, besa al leproso y le ofrece su ayuda. La alegría y el gozo que debió de experimentar fueron con seguridad de una intensidad tal que quedaron marcadas en él hasta el final de sus días.
Francisco se había encontrado poco a poco con Cristo, en los acontecimientos de su vida, en las inspiraciones cotidianas del Espíritu … y él no se había echado atrás. El encuentro era cada vez más claro, la senda a recorrer se iba dibujando cada día con más nitidez. Francisco iba haciendo camino al andar sin otro guía que la respuesta siempre positiva a las inspiraciones del Espíritu. Ya no bastó con encontrarse fortuitamente con  un leproso… ahora él mismo iría en busca de ellos para “practicar con ellos la misericordia”.
Como él hace notar en el testamento, sus mismos pecados le impedían acercarse al leproso; romper con sus pecados, dejarse alcanzar por el amor con el que Dios le acosaba, no pactar con la mediocridad,… eso fue lo que le posibilitó experimentar aquella dulzura y gozo.
Podemos decir que Francisco se la jugó. No anduvo con medias tintas. Su respuesta fue sin medida, sin cálculos, desmesurada. Pero para llegar a dar este vuelco, esta ruptura con su padre y su familia, este paso de divo a mendigo, su estrategia improvisada fue la de dar siempre respuesta afirmativa a los pequeños impulsos del Espíritu. No esperemos nosotros poder seguir las huellas de San Francisco si no respondemos con generosidad a las pequeñas necesidades de quienes nos rodean cada día; ni queramos llegar a experimentar en nuestra alma el gozo pleno que experimentó Francisco ante el leproso si no nos permitimos disfrutar de los pequeños gestos de amor que realizamos cada día a nuestros compañeros, familiares, amigos o vecinos.
Es tras el episodio del leproso, tras el encuentro de Francisco con sus semejantes necesitados, los últimos de la sociedad de su tiempo, cuando sitúan sus biógrafos la experiencia ante el crucifijo de San Damián. Este episodio no lo recuerda San Francisco en su testamento y sin embargo ¡cuántas veces asociamos nosotros mentalmente la conversión de Francisco más con su célebre pregunta “Señor, ¿qué quieres que haga?”, pronunciada ante el crucifijo de San Damián, que con su experiencia del leproso! ¿No será que a nosotros nos gustaría una respuesta sorprendente de un crucifijo que nos hablase más que tener una experiencia hiriente de encuentro con las miserias más dolorosas de nuestros días? Después de haber descubierto a Cristo en el leproso es cuando Francisco se encuentra preparado para descubrirlo como hermano en la imagen del crucifijo de San Damián …para entonces Francisco ya se hallaba “cambiado por completo en el corazón”. Abrir los ojos ante el leproso le había abierto el corazón para encontrar a Cristo como hermano.
Así pues, lo de Francisco ya no tiene vuelta atrás. Rompe definitivamente con su padre y en la plaza pública de Asís, acogido al derecho eclesiástico y amparado por el obispo renuncia a toda herencia familiar; le devuelve a su padre hasta los vestidos que en ese momento lleva puestos. Nuevamente encontramos a Francisco ebrio de gozo por la libertad conquistada, libertad de todo convencionalismo y de todo lazo terrenal. Por la vía de la pobreza encuentra la riqueza espiritual del gozo y la alegría. Por medio de la pobreza, alcanza la libertad. Libertad que no encajará con el ambiente del monasterio al que se dirige tras la ruptura con su padre; así que,tras una breve estancia entre los monjes, se traslada a vivir con los leprosos y allí es donde realiza su auténtico noviciado. Francisco estaba persuadido de que Cristo acaba por revelarse siempre a quien le busca en el necesitado y por ello ofreció la experiencia entre los leprosos a sus seguidores, a los primeros frailes, como primera escuela de conversión personal. Pero la conversión, para ser genuinamente franciscana, no es en primer lugar una conversión a la observancia meticulosa de leyes, normas o preceptos, sino un encuentro con Cristo en el que poder descubrir la ternura de la que quiere hacernos partícipes. Nuestro Señor Jesucristo nos indicó que ese era el camino para quien vuelve su corazón a Dios: “lo que hiciereis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. No podremos decir nunca que no estábamos avisados de este dato; El nos espera en los presos, los enfermos, los hambrientos, los sedientos, los marginados,… no podremos preguntarle extrañados “¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?”
Así pues, la conversión de Francisco no es una excepción, sino el itinerario normal de encuentro con el Dios de Jesús. Dios se nos manifiesta en el hermano necesitado y es ahí donde debemos buscarlo si es que queremos aprovechar esta cuaresma, este tiempo de gracia, para encontrarnos también nosotros con el Dios de Jesús. Si lo que pretendemos es encontrarnos con otro dios podremos seguir otros caminos, pero si pretendemos encontrarnos con el Dios de Jesús no hay otra puerta que la puerta estrecha de abrir nuestro corazón y dejarnos afectar por las necesidades del otro.



B.- EL FRANCISCO PENITENTE

Tras su conversión, Francisco adopta un estilo de vida eminentemente penitencial. Algunos datos así nos lo descubren:
*                    Rechaza vehementemente todo uso del dinero, por ser éste todo un símbolo de poder. En cierta ocasión le manda a un hermano que había recogido como limosna algunas monedas que las vaya a tirar a un montón de estiércol.
*                    Multiplica las cuaresmas durante el año, hasta el punto de comenzar una apenas concluida la anterior. Esto significaba que su alimentación se veía reducida a la mínima expresión, y que la carne sólo la probaba en caso de enfermedad.
*                    Rechaza que los frailes tengan conventos o lugares propios donde habitar puesto que somos peregrinos y forasteros en este mundo y sólo en la vida futura hemos de poner nuestros anhelos.
*                    Viste con una sencilla túnica que remienda con sus manos según lo va necesitando; en ocasiones cambia sus vestidos por los mendigos porque no soporta ver a otro menos abrigado que él. Su pobreza está hecha de solidaridad y de confianza en la divina providencia.
*                    Se muestra obediente al Evangelio como expresión de la voluntad de Dios hasta el punto de usarlo como respuesta textual a sus inquietudes; ante la duda, recurría a abrir los evangelios al azar confiando así en encontrar la respuesta divina.

Todos estos datos nos muestran el modo concreto que Francisco tuvo de entender la penitencia y su entrega al evangelio. Seguramente para nosotros son datos impensables, más propios de una imaginación calenturienta que de una experiencia real, vivida por alguien. En nuestros días esto es de locos. Pero ¿se deberá a que ya no necesitamos semejantes manifestaciones externas de nuestra opción por el evangelio o a que sencillamente el evangelio no llega a tocar nuestra vida cotidiana? ¿No habremos descafeinado tanto el mensaje de Jesús que lo hemos desterrado por completo de nuestras vidas? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros en nuestra conversión al evangelio?
Ojalá nos sirva el testimonio de Francisco, tan desproporcionado, tan desmesurado, para que, al menos, nos sintamos delatados en nuestro estilo de vida comodón y hasta pasota.



C.- EXPERIENCIA DE PECADO, EXPERIENCIA DE PERDÓN


Volvamos a la experiencia nuclear de la conversión de Francisco, volvamos a su Testamento y apliquemos la lupa y un análisis minucioso a su experiencia clave. Él nos dice: “como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos”. Pero ¿qué era para Francisco “estar en pecados”? ¿En qué consiste su experiencia del pecado? ¿Y la nuestra?

Una primera posibilidad es que el pecado sea para nosotros principalmente una infracción de la Ley, una infracción de unas normas de inspiración divina. Esta es  la experiencia de Moisés y del pueblo judío; la de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Con esta experiencia del pecado, nos sentiremos movidos a conversión por la necesidad de restablecer el orden moral quebrantado y nuestro remordimiento consistirá en un fuerte sentido de culpa. Convertirnos consistirá en volver a ponernos en regla con Dios; será como pagar una especie de multa, una sanción proporcionada a la infracción cometida. Si es así, el proyecto de vida que conlleve la conversión se limitará a un nuevo empeño por observar y cumplir ciertos deberes y principios morales aprendidos desde niños y que no nos atrevemos a cambiar por nuestra cuenta. Pero no creo que ésta sea la experiencia de los que sois jóvenes hoy en día.
Y Francisco, ¿encaja en este esquema? ¿Sería la experiencia de pecado de Francisco una experiencia centrada únicamente en el sentido de culpabilidad por todas las infracciones de la ley de Dios cometidas por él en los años jóvenes de su vida? ¿Sería la imagen de Dios de Francisco la de Moisés y del Antiguo Testamento? ¿Habría vivido posteriormente San Francisco su vida de penitencia, de converso, como la vivió si su conversión sólo debiera consistir en una sanción a cumplir por sus pecados pasados?

Una segunda posibilidad es que el pecado consista en una especie de infidelidad a uno mismo, una traición al propio ideal, una frustración de las mejores capacidades de uno mismo, un choque de nuestras expectativas sobre nosotros mismos contra la dura realidad de nuestros fallos y limitaciones. Si esta es nuestra experiencia del pecado, la experiencia de Dios que la acompañará será probablemente la de un Dios garante de lo genuinamente humano, el que nos llama a ser auténticamente hombres, y Jesús de Nazaret, el ideal de hombre a imitar. Si esto es así, los motivos para la conversión serán el recuperar lo mejor de uno mismo, el remordimiento será no haber alcanzado la meta que nosotros mismos o el evangelio nos propone; el no haber dado la talla de lo que Dios espera de nosotros. Si esto es así, la conversión ya no se referirá a actos concretos, a momentos puntuales de nuestra vida, sino a todo un proyecto de vida, al conjunto de nuestras actitudes. Convertirse significará romper con todo aquello que atente contra los grandes valores: será romper con la injusticia, con la insolidaridad, con el egoísmo… con todo aquello que atenta contra el hombre y la sociedad. El proyecto de vida que se derive de la conversión, será global y dinámico… pretenderemos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás y ayudarles a su vez a sacar lo mejor de sí mismos. Seguro que entonces nos atreveremos a testimoniar proféticamente y sin miedos los valores evangélicos que hemos asumido como fundantes de toda vida humana. Es más, con toda probabilidad  no nos conformaremos con convertirnos personalmente, sino que pretenderemos cambiar también las estructuras sociales y eclesiales. Nuestra vivencia de Iglesia será mucho más rica que si sólo se trata de corregir actos personales.
Pero también aquí cabe preguntarnos al dirigir la mirada a Francisco de Asís ¿encaja Francisco en este esquema? Seguramente encaja mucho mejor que en el apartado anterior, porque si algo pretendió fue encarnar los valores evangélicos, seguir las huellas d nuestro Señor Jesucristo. ¿Pero creéis que a la hora de convertirse lo hizo planeando hasta dónde quería llegar? ¿que se propuso alcanzar la meta sólo por ser más él mismo, sólo por fidelidad a sí mismo?

Estos dos modos de entender el pecado y la conversión son, creo, muy comunes y muy humanos. Pero si nos quedamos ahí, quizás no estamos alcanzando el nivel específicamente cristiano de experiencia de Dios, de pecado y de perdón.
Para ver en qué consiste este nivel, retomemos por un momento el episodio de la mujer adúltera. Recordad: se trata de una mujer que ha pecado. En Israel la Ley de Moisés tenía previsto el castigo correspondiente y quienes la presentan a Jesús viven esa concepción del pecado como infracción de la Ley. Sólo hay una salida para una situación así: cumplir la pena. Sin embargo Jesús se desmarca de ese planteamiento invitando a ejecutar el castigo a quienes estén libres de pecado, a quienes nunca hayan infringido la Ley. Nadie. Empezando por los más viejos, se van retirando. La experiencia de la vida aporta humildad y un conocimiento más realista de la condición humana; las infracciones se van acumulando con los años. Jesús queda sólo con la mujer y la invita a enderezarse, a mirar a su alrededor y a analizar la situación. La Ley y sus actos la habían puesto en una situación sin salida, en un callejón con la muerte al fondo. Sin embargo Jesús, el único que podía tirar la primera piedra, le dice “pues yo tampoco te condeno, vete y no peques más”. Nada de complicidad indulgente en Jesús. No; la trata como un ser responsable del mal que ha hecho; pero como a alguien que puede también hacer el bien. Jesús no otorga la última palabra sobre la vida de esa mujer al mal que ha hecho, sino al amor que Dios la invita a vivir.
De esta manera podemos darnos cuenta de lo que es para Jesús el pecado: no, ante todo, una infracción de la Ley; tampoco, ante todo, una falta contra uno mismo; sino una ruptura del amor. Y ni la Ley ni la conciencia podían otorgar el perdón; sólo el encuentro con un AMOR mayor, el de ALGUIEN que la acoge como es y con su pecado, podía hacerle reencontrar el amor y otorgarle el perdón. El perdón que Dios nos ofrece no es pues el pago de una deuda (clave de Ley) ni la posibilidad de una excusa (clave de conciencia), sino una real acogida del pecador con todo lo que es, incluido el mal realizado.
¿Es pues para nosotros el pecado principalmente una ruptura del amor? Si es así, nuestro Dios sí que será ese padre que nos ama y que Jesús nos manifestó. Nuestro Dios sí será ese Dios cuyo amor misericordioso y liberador nos reveló Jesús mediante su actitud hacia los pobres y excluidos, a quienes constituye en sus amigos. Si es así, la llamada a la conversión no nos vendrá de un sistema de valores  ni de un código ético o moral, sino de un amor que viene, no del corazón del hombre, sino de mucho más lejos. Si es así, convertirnos será cambiar nuestro corazón radicalmente y ponernos en camino para recorrer un largo trayecto de tomas de conciencia y cambios progresivos de actitudes; convertirnos afectará a la orientación fundamental de toda nuestra existencia. Si es así, nuestro proyecto de vida no será sino una respuesta de amor al AMOR que nos amó primero.
Y ahora os pregunto: ¿encaja la vida de Francisco con este análisis? ¿No es verdad que el Dios que descubre Francisco en su conversión es el que toma la iniciativa de amarle aunque él estaba en pecados y por eso le resultaba muy amargo ver leprosos? ¿No es verdad que Francisco se siente llamado a la conversión porque descubre el amor de Dios que transforma su manera de ver la vida y el mundo? ¿No es verdad que cuando se convierte no se limita a corregir sus actos, ni a poner en paz su conciencia, sino que responde con generosidad desmedida y se lanza por pueblos y caminos a proclamar que el amor no es amado? ¿No es verdad que su proyecto de vida pasa a ser la vivencia del evangelio en la más pura radicalidad? ¿No es verdad que no le mueve la Ley ni la conciencia, sino el impulso desbordado de responder al amor que descubre en los últimos y más desamparados de su tiempo? ¿No es verdad que Francisco descubre asombrado que Dios perdona más de lo que él mismo es capaz de perdonarse?
No quisiera, hermanos, que de esta charla salieseis con los hombros más cargados de penitencias concretas, de planes de ser mejores en esto o en aquello. Pienso que sería preferible que simplemente salieseis con los ojos bien abiertos, dispuestos a encontrar en vuestra propia vida , en la vida de cada día, ese AMOR y ese PERDÓN que pudieran sanar vuestro corazón y el de quienes os rodean. Quizás el Señor no elija para vosotros ni para mí el poner un leproso en nuestro camino, pero seguro que nos pondrá algún otro tipo de necesitado, de hambriento o sediento, de preso o de enfermo en el que podamos reconocerle.

Que el Señor nos conceda en esta cuaresma salir al encuentro de los necesitados  y descubrir por medio de ellos el inmenso amor que Dios nos tiene.