Un día como hoy, pero de 1226,
moría san Francisco en la pequeña ermita de la Porciúncula, cerca de Asís. Por
eso, la familia franciscana celebra cada 3 de octubre el Tránsito de San
Francisco. Los últimos años de su vida, especialmente desde que recibió la
impresión de las llagas de Cristo en el Monte Alverna, fueron dolorosos y
llenos de sufrimiento. Su cuerpo, llagado y enfermo, era la viva imagen de un
crucificado amenazado de resurrección. Se fue desnudo, con la sabiduría de un
pobre, besando la tierra y bendiciendo la vida. Hoy queremos acercarnos a este
hombre de Dios en su encuentro con el Crucificado para descubrir en la Cruz el
amor del Padre y la fidelidad del Hijo.
Cuando
entra en la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís, y camina por la nave
central, el peregrino descubre a un lado pinturas de la vida de Jesús y, frente
a ellas, escenas de la vida de Francisco. Algo así como si el santo reflejara
en su vida los rasgos de Cristo: de hecho, sus biógrafos le describen como
“otro Cristo”. Avanzando hacia el crucero de la basílica, uno levanta la vista
y contempla encima del altar las alegorías de la pobreza, la castidad y la
obediencia, y a Francisco glorioso vestido con una preciosa dalmática de
diácono, de servidor. Girando la vista a derecha e izquierda, en los dos brazos
de la cruz que forma la planta de la basílica, hay escenas del nacimiento de
Jesús y de la Crucifixión, justo los dos pilares que aguantan la espiritualidad
evangélica de Francisco: la ternura de Belén y el amor hasta el extremo de la
Cruz. De hecho, cuando Francisco dice que lo que él quiere es seguir a Jesús,
siempre añade dos adjetivos: pobre y crucificado, y con ellos alude a esos dos
momentos de la vida de Jesús donde el amor de Dios se ha hecho vida: Jesús nace
pobre en Belén y es crucificado en el Gólgota.
Hoy vamos a detenernos en el encuentro
de Francisco con el Crucificado. No nos puede pasar desapercibido que al
principio y al final de la vida de Francisco hay una relación directa con el
Crucificado. Me estoy refiriendo al diálogo de Francisco con el Cristo
bizantino de San Damián, en el comienzo de su proceso de conversión, y la
impresión de las llagas en el Monte Alverna, un episodio que tuvo lugar tan
sólo dos años antes de su muerte. En los dos hay una presencia explícita del
Crucificado, como si la experiencia de Jesús que tiene Francisco estuviera
asociada a la cruz de modo ineludible. La primera y la última imagen que tiene
Francisco de Jesús es la de un Crucificado.
Sin embargo, a juzgar por sus
biógrafos, sería injusto decir que la presencia del Crucificado en la vida de
Francisco se limita a estos dos episodios del comienzo y del final de su vida
de seguimiento de Jesús. Es más, el encuentro con el leproso y el encuentro con
el Crucificado están unidos no sólo en la intención sino también en el tiempo.
Después de narrar el encuentro de Francisco con el leproso en las cercanías de
Asís, su biógrafo san Buenaventura hace referencia en la Leyenda Mayor a
un primer encuentro con Cristo. Textualmente dice que “mientras un día oraba
totalmente aislado y debido al gran fervor en que estaba absorto en Dios, se le
apareció Cristo Jesús como un crucificado. A su vista quedó su alma derretida y
el recuerdo de la pasión de Cristo se imprimió de tal manera en lo más íntimo
de su corazón que, desde aquel momento, cuando le venía a la memoria la
crucifixión de Cristo, con dificultad podía contener externamente las lágrimas
y los gemidos, como él mismo más tarde lo declaró confidencialmente, cuando se
acercaba a la muerte”. Con este testimonio de san Buenaventura, no cabe
duda de que la imagen de Cristo que tenía Francisco era la de un Crucificado y
que, como san Pablo, pudo decir abiertamente que conocía a Cristo “y éste
crucificado”. Por eso, no es extraño que compusiera el llamado Oficio de la
Pasión, una especie de salmodia con antífonas que los frailes rezaban en
distintos momentos del día, evocando siempre la experiencia de Jesús en la
cruz.
Ante esta presencia constante del
Crucificado en la experiencia de fe y de seguimiento de Francisco, nos podemos
preguntar qué vio el pobre de Asís en la cruz para que antes que en su cuerpo
se le grabara en su corazón de hijo de Dios y hermano de Jesús. Teniendo en
cuenta sus escritos y los datos que nos ofrecen sus biógrafos, intuyo que
Francisco tuvo al menos dos experiencias fundantes en la contemplación de la
imagen del Crucificado.
En primer lugar, creo que, viendo a
Jesús colgado de un madero, pudo decir con un lenguaje de hoy: ‘aquí se ha
amado mucho’, ‘en la cruz hay mucho amor’. Imagino que, fijos los ojos en el
Crucificado, la oración de Francisco evocaría una y otra vez, como una especie
de mantra, esas frases bíblicas que lo dicen todo, si somos capaces de oír:
“Cristo murió por nosotros”, “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su
propio Hijo”. Francisco entendió que el “tanto” no se refería a la cantidad de
amor, sino a la calidad de ese amor. En definitiva, llegó a la conclusión,
desde las razones del corazón, de que nunca habíamos sido amados así, de esa
manera, con esa calidad de amor.
Y porque nadie antes nos había
demostrado tanto amor, Francisco entendió que la vida sólo podía ser
seguimiento, que la respuesta al amor no era el ensimismamiento o la
indiferencia sino la entrega de la voluntad. Y esto no como deducción
espiritual de alto nivel o teología elaborada al final de su vida, sino desde
el comienzo mismo de su conversión. Francisco pregunta al Cristo de San Damián
sobre el querer de su Señor para su vida, la voz interior del Crucificado le
responde que repare su Iglesia y el joven juglar se pone manos a la obra, como
el que descubre que un mandato pedido por un amor crucificado no podía esperar
mucho tiempo para ser ejecutado. Seguir a Jesús, cumplir su voluntad fue en
Francisco una decisión que no puede separarse de su experiencia de Cristo
Crucificado.
Y, en segundo lugar, pienso que
mirando al Crucificado, Francisco entendió que la vida sólo se puede vivir como
obediencia, porque Jesús fue “obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.
Vivir la existencia en clave de obediencia no quiere decir cumplir una orden
caprichosa, obedecer unos mandatos arbitrarios y someterse a unos preceptos
externos. La obediencia evangélica no es sumisión sino experiencia de libertad.
Vivir la vida en clave de obediencia significa no tanto aceptar lo que nos
viene encima sino más bien acoger la existencia como es, en sus luces y sus
sombras, asumir que la realidad muchas veces es mostrenca e hiriente, pero que
es una realidad habitada por Dios o, por lo menos, donde Dios también ha puesto
su morada, aunque a simple vista no lo parezca.
A esa obediencia, que es el otro
nombre de la verdad y de la libertad, sólo se llega desde el sufrimiento, y
quien piense lo contrario y espere otra cosa se equivoca, perdido en atajos
nada evangélicos. Así ocurrió en Jesús, que, según el autor de la Carta a los
Hebreos, “aprendió sufriendo a obedecer”, y así sucede en sus discípulos,
incluso los más aventajados como Francisco, porque aquí tampoco “el discípulo
es más que el maestro”. Esto es tarea de toda una vida, pero no hay que perder
el ánimo si queremos estar en el camino evangélico. Por poner sólo un ejemplo,
los últimos años de la vida de Francisco son un testimonio elocuente de este
aprendizaje al que sólo se llega por el sufrimiento, no masoquista ni mercantil
sino liberador y sanador de todas nuestras mentiras y falsas seguridades.
Cuando la familia que él fundó se hizo numerosa y se le iba de las manos, creyó
que la orden era obra suya y no don de Dios. Hasta que comprendió que él no era
padre de nadie sino hijo obediente de Dios, al igual que sus hermanos, tuvo que
atravesar el sufrimiento de la posesión y el dolor de la desapropiación. Sólo
cuando quemó el yo con sus máscaras y esclavitudes pudo gritar con libertad:
“Dios es y eso basta”. No es fácil vivir en actitud de obediencia, precisamente
porque vivir es difícil y todos los días tienen su dosis de dolor, para unos más
que para otros. Pero la obediencia como expresión de confianza en el Dios que
está no fuera sino en el interior de lo que duele y hace sufrir, muchas veces
por el sufrimiento que nosotros mismos ocasionamos a los otros, es una forma de
acoger la realidad y de esperar la vida en la muerte.
Ojalá que a todo ello nos ayude
Francisco en el día en que celebramos su tránsito. Que el encuentro hoy con el
Crucificado sea una experiencia del amor del Padre y de la obediencia del Hijo,
como lo fue en Francisco. Y que, precisamente por eso, nos preguntemos una y
otra vez por donde se nos pierde, en nuestra vida personal y comunitaria, tanto
don recibido y tanto amor entregado en Cristo pobre y crucificado.


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